Mañana es seis de septiembre. Hace casi quinientos años —exactamente cuatrocientos noventa y ocho— Juan Sebastián Elcano llegaba a Sanlúcar de Barrameda. La Victoria superaba la barra formada por los aluviones del Guadalquivir en su desembocadura y anclaba en aquellas aguas, desarbolada y con una importante vía de agua. Elcano y los diecisiete hombres que le acompañaban acababan de protagonizar una gesta en cuyo quinto centenario nos encontramos inmersos y que, por diferentes circunstancias, está pasando con más pena que gloria. Dos días más tarde aquella nao, tan deteriorada tras tres años de viaje que hubo de remontar el Guadalquivir remolcada, entraba en Sevilla, de cuyo puerto, concretamente del muelle de las Mulas, habían partido el 10 de agosto de 1519.

Al llegar a Sanlúcar de Barrameda, Elcano escribió una carta a Carlos I, quien ya ostentaba la dignidad imperial, que se encontraba en Valladolid. El original de esa carta, en la que le daba cuenta de forma resumida lo que había sido aquel extraordinario viaje, está perdida. Sin embargo, hace algunos años (2014) se subastó una copia de esa carta, lo que la convierte en un documento de extraordinario valor. Fue adquirida por el ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que pagó por ella veinte mil euros, en la subasta que se celebró el 2 de julio de dicho año y a finales del mes de octubre fue depositada en el Archivo General de Indias. Se trata de dos hojas que están foliadas con los números 106 y 107, lo que indica que formaban parte de un volumen de varios. No se conoce otra copia de esta carta, lo que la convierte en un documento excepcional.

Elcano y los diecisiete hombres que le acompañaban, hambrientos, greñudos, desharrapados, el llegar a Sevilla recibieron rápidamente la visita de los representantes de la Casa de la Contratación. Habían subido a bordo para controlar la rica carga de clavo que la Victoria llevaba en su bodega —el valor de ese clavo permitió pagar todos los gastos de la expedición y dejar beneficios— e inquirir noticias de lo que había ocurrido con la escuadra cuyo mando se había encomendado a Fernando de Magallanes. Se encontraron, aunque posiblemente no les sorprendiera tanto como a nosotros —escala de valores de la época era muy diferente de la nuestra—, con que la petición que Elcano y sus hombres hicieron fue la de que se les entregasen unos cirios para acudir de inmediato a ofrecérselos a una imagen de la Virgen. Habían hecho una promesa en medio de un temporal y deseaban cumplirla de inmediato.

Hay una pintura que hoy se conserva en el Museo Naval de Madrid, cuyo autor es Elías Salaverría Inchaurrandieta —fue pintado en 1919 con motivo del IV centenario de la Primera Vuelta al Mundo— en la que se presenta a Elcano y sus hombres portando los cirios y bajando de la Victoria. Durante mucho tiempo pensé, equivocadamente, que el artista se había tomado la libertad propia de los creadores al representar la escena de aquella forma. Hoy sé que Salaverría se había documentado adecuadamente. Se dirigieron al convento franciscano que había en Triana —hoy desaparecido— bajo la advocación de Nuestra Señora de la Victoria, cuya festividad se celebraba precisamente el 8 de septiembre a cumplir su promesa.

En los países de nuestro entorno las fechas que recuerdan momentos del pasado particularmente gloriosos, suelen ser objeto de importantes celebraciones.

(Publicada en ABC Córdoba el 5 de septiembre de 2020 en esta dirección)

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