Se nos ha ido 2020, un año bisiesto. Hay quienes sostienen que son años malos. El refranero popular, que puede sostener una cosa y la contraria, señala: «año bisiesto, año siniestro». Este 2020, desde luego, ha tenido mucho de ello por causa del virus que Donald Trump denomina chino. Algo que indigna a los dignatarios de ese país, aunque todo empezó, según los propios chinos contaron, en un mercado de Wuhan. Los «conspiranoicos» sostienen que el origen está en un laboratorio chino y que se trata de un arma biológica que está pasando factura a Occidente, que se consideraba inmune a esta clase de pandemias que asolan a otras partes del mundo.

Los años bisiestos, más allá de contar veintinueve días en el mes de febrero, son como cualquier otro año. Pero febrero era un mes que, a los romanos, de quienes somos herederos, no les resultaba atractivo. Lo dedicaban al culto a los muertos, mantenían los templos cerrados y no contraían matrimonio. Cuando, en 1582, la reforma gregoriana del calendario, añadió a ese mes un día más, se extendió la creencia de que, al alargarse el mes fatídico, era un mal año.

Hay quien justifica esta creencia buscando en las páginas de la historia eventos luctuosos ocurridos en años bisiestos. Así, por ejemplo, en año bisiesto murieron Cervantes y Shakespeare, aunque los ingleses en 1616 no habían aceptado la reforma gregoriana -ya saben lo suyos que son y aquella reforma, con la que finalmente tragaron, era una reforma papista-. Quienes buscan siniestros en año bisiesto encontraron que bisiesto era 1588, el año del desastre de la Gran Armada que Felipe II mandó contra Inglaterra y que los ingleses se refieren a ella como la Invencible; así la bautizaron con mucha sorna. Fue algo siniestro para los españoles, pero no tanto para ellos. Lo siniestro para los ingleses fue el año siguiente, que no era bisiesto, cuando ocurrió lo de la Contraarmada de la prefieren no hablar. Los franceses pueden agarrarse a lo siniestro de los bisiestos, porque lo fue 1812, el año del desastre de la Grande Armée con que Napoleón invadió Rusia. Los estadounidenses tienen sus bisiestos, uno es 1912, cuando un iceberg hundió el Titanic. El 1924 también era bisiesto y ese año murió Lenin, un siniestro para los soviéticos, pero no tanto para los rusos blancos.

En fin, que 2020 ha sido siniestro y bisiesto, pero a la hora de relacionar ese tipo de años con lo siniestro ha de recordarse a Campoamor porque, a veces, las cosas dependen del color del cristal con que se mira.

(Publicada en ABC Córdoba el 2 de enero de 2021 en esta dirección)

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