Los cascos antiguos de las ciudades, incluidas aquellas que tienen un fuerte atractivo por su pasado histórico o su monumentalidad, han recibido un tratamiento urbanístico muy restrictivo para evitar los graves deterioros que sufrieron en otro tiempo. Pero esas restricciones están provocando serias dificultades que se deben a diversas circunstancias que marcan su existencia, desde hace años, y que están resultando fatales.

En los cascos antiguos suele tener acomodo el pequeño comercio que sufre la competencia de las grandes superficies comerciales que tienden —hay algunas excepciones— a situarse en la periferia de la ciudad. Allí es donde se han desarrollado los modernos barrios de viviendas y donde la situación es muy diferente a la que se vivía hace algunas décadas cuando las familias humildes eran las que habitaban la periferia urbana. Ahora lo hacen clases más acomodadas que han huido de los problemas y restricciones de los centros históricos y los cascos antiguos. Es en la periferia donde se encuentran las parcelas, los chalets, las urbanizaciones con piscina comunitaria. Sus comodidades y ventajas no tienen cabida en las zonas céntricas y los casos históricos.

Esa crisis del pequeño comercio ha repercutido en la de los cascos históricos que, en algunos casos, presentan una estampa, verdaderamente desoladora. En lo que eran establecimientos comerciales o de ocio se ven hoy persianas echadas, llenas de mugre, utilizadas como panel de propaganda o pintarrajeadas por aquellos que se sienten artistas sin serlo. Carteles en los que se anuncia que los locales se alquilan —por lo general se piden precios que resultan abusivos y hacen problemática la supervivencia de un negocio—, escaparates vacíos y llenos de polvo. Una imagen dura, pero cada vez más frecuente en los centros históricos, que quedan despoblados al caer la noche. Otro factor, decisivo en la configuración actual de esos espacios, ha sido la peatonalización de muchas de sus calles. La razón: evitar la densidad del tráfico. Pero esa medida, sin duda laudatoria, ha tenido otra consecuencia: dificultades para aparcar en esas zonas, donde los aparcamientos o están colapsados o resultan una carga económica importante. Añádase a ello, para tener completo el panorama, la restrictiva normativa urbanística, sin duda necesaria para evitar los estragos de otras épocas, pero con frecuencia excesiva a la hora de articular la posibilidad de ciertas actividades que permitirían insuflar algo de vida a espacios que poco a poco han ido quedando adormecidos.

En ciudades como Córdoba preservar el casco histórico —también actuar en el centro—, llevó a diferentes corporaciones a tomar decisiones no del todo acertadas. Las restricciones al tráfico creaban serios problemas de desplazamiento. Particularmente perjudiciales fueron algunas de ellas para quienes habían de llevar a sus hijos a centros escolares —por lo general centros concertados a los que desde determinadas posiciones ideológicas se tiene particular aversión, pese a que la demanda es muy elevada— y también creaba problemas al pequeño comercio, principalmente por las dificultades de acceso. Incluso se llegó a dejar sumido el centro en una oscuridad que tenía algo de siniestra… para luchar contra la contaminación lumínica. Por eso hay que saludar con cierto optimismo los planteamientos de cambio en el Plan del Casco para permitir que determinados inmuebles condenados a una creciente ruina puedan encontrar un uso, que hasta ahora no les era permitido… urbanísticamente. Esperemos que como tantas otras iniciativas, que abren posibilidades y perspectivas, no terminen naufragando porque entonces el problema sería mucho más grave de lo que queda reseñado en estas pocas líneas.

(Publicada en ABC Córdoba el 11 de julio de 2020 en esta dirección)

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