Los destrozos causados por Rodríguez Zapatero en su paso por la presidencia del gobierno -destrozos no sólo económicos- fueron de tal calibre que en el PSOE optaron por esconderlo. Durante la campaña de las elecciones generales de 2011 en las que el PP ganaba por mayoría absoluta y Pérez Rubalcaba era el candidato socialista, los.. seguir leyendo →

 

La bóveda de la Capilla Sixtina es una herencia en la que se cimentan las raíces culturales de Europa: el humanismo cristiano

Hace quinientos años, tal día como hoy -un 31 de octubre de 1512-, el papa Julio II -el pontífice guerrero, bajo cuyas blancas vestiduras latía un corazón de condottiero- inauguraba los frescos que había pintado Miguel Ángel Buonarroti para decorar la bóveda de la Capilla Sixtina, cuyo nombre deriva de Sixto IV, el Papa que en 1478 promulgó la bula «Exigit sincerae devotionis» por la que se creaba la Inquisición española. Al día siguiente, festividad de Todos los Santos se celebró la primera misa bajo aquella bóveda que Miguel Ángel había convertido en un relicario artístico. Muchos años más tarde, el propio Miguel Ángel completaría los frescos con el testero del fondo, donde nos dejaría expresado en lo que se ha venido en denominar la «terribilitá miguelangelesca» su visión, verdaderamente grandiosa, del Juicio Final con un Dios poderoso, con gesto terrible y a la vez humano -tanto que Miguel Ángel lo pintó desnudo, provocando no poco escándalo hasta el punto de que el Papa del momento ordenó a Volterra cubrirlo con un paño de pudor-, que juzga a los hombres con la llegada del fin de los tiempos.
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Su muerte se mantuvo oculta tres días y se ha convertido en el secreto mejor guardado de la historia de España

EL general Prim siempre me pareció uno de los personajes más atractivos de la España decimonónica. Conjugaba buena parte de las virtudes y los defectos de los militares españoles de aquella centuria, agitada como pocas en el devenir de nuestra historia. Prim era valiente hasta la temeridad -lo puso de manifiesto en numerosas ocasiones, principalmente en la guerra contra el moro- y era también un conspirador nato. Tenía un concepto de España que podrá compartirse o no, pero era muy claro. Monárquico convencido, fue contemporáneo de dos de los peores borbones de la dinastía -me refiero a Fernando VII e Isabel II- y por eso hizo frente a los republicanos de todos los pelajes que se dieron cita en la llamada España Isabelina. Trató, en el empeño se dejó la vida, de entronizar una nueva dinastía en nuestro país.
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A lo que se ve, un palacio de congresos para Córdoba es, sencillamente, el cuento con el que nos tomaban el pelo de niños

Cuando era pequeño -como a muchos otros niños- me contaban el llamado cuento del haba. Consistía en repetir reiteradamente: «¿Quieres que te cuente el cuento del haba, el que nunca se acaba?». Los chiquillos respondíamos afirmativamente y otra vez sonaba la misma cantinela. Así hasta que terminábamos decepcionados y hasta enfadados porque el cuento, que no tenía final -en realidad tampoco comienzo-, era una forma de tomarnos el pelo.
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Si cae la noche definitivamente y la política finiquita, ¿qué viene tras la política?

No es mi propósito referirme a la saga novelística, dirigida, principalmente al público adolescente, cuya autora es Stephenie Meyer, cuyo primer libro titulado «Crepúsculo» se convirtió en un fenómeno editorial con millones de copias vendidas y traducido a cerca de cuarenta idiomas. No es mi propósito hablar del mundo de los vampiros que inician el vuelo con la hora del crepúsculo, sino hacer una consideración acerca de algunos aspectos del tiempo que nos toca vivir a cuenta de que por todas partes se habla de crisis sistémica, calificativo que viene a señalar que no estamos en presencia de una de las fases cíclicas de contracción del sistema capitalista, sino en algo mucho más grave y de mayor profundidad.
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Lo alegado por socialistas y comunistas para explicar tan diferente actitud sobre Antonio Cañero resulta poco convincente

Uno de los períodos más apasionantes de nuestra historia contemporánea es el que los españoles vivieron en el primer tercio del pasado siglo. Los años que van desde el llamado «desastre del 98» y el final de la guerra civil en 1939 son un verdadero laboratorio. Lo digo porque permite estudiar cómo dos formas de entender España no encontraron mejor solución que la de enfrentarse con las armas en la mano. También nos ofrece una excelente posibilidad para comprobar cómo los viejos problemas cuando se enquistan acaban por eclosionar de forma virulenta. La España del siglo XIX no sólo fue incapaz de solucionar cuestiones tan importantes como la educativa, la militar, la social o la religiosa sino que ni siquiera las abordó con decisión. Con el paso de los años se convirtieron en caballo de batalla y al abordarse con el advenimiento de la Segunda República, en medio de fuertes tensiones, condujeron a la guerra y a la más incivil de las guerras civiles. La que, aunque unos más que otros, a la postre, la perdieron todos.
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Un ensayo del profesor José Luis Corral desmonta mitos acerca de unos edificios que simbolizan el pasado esplendoroso de Europa

El poeta y diplomático francés Paul Claudel cuenta que, cuando tenía dieciocho años, entró el día de Navidad en la catedral de Notre Dame de París en el momento en que se oficiaba la liturgia de tan señalado día. Se sintió tocado y recuperó la fe que había perdido en su adolescencia. Esto ocurría en 1886. Cuatro décadas más tarde se publicaba «El misterio de las catedrales», firmado por Fulcanelli, seudónimo tras el que se ocultaba el último de los grandes maestros alquimistas medievales. En ella afirmaba que había llegado a la iluminación -momento en que los alquimistas alcanzan el conocimiento objeto de sus trabajos y desvelos- contemplando las vidrieras de una catedral gótica. Es probable que quienes me honran leyendo las líneas de esta columna hayan experimentado alguna sensación bajo las bóvedas de una catedral gótica. Quizá se haya sentido poca cosa ante su grandiosidad, sorprendido por su equilibrio, atraído por su luminosidad o hechizado, como Fulcanelli, por sus vidrieras…
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Los sindicatos harían bien en reflexionar por qué se saldan con fracasos sus llamadas a la huelga general

Son días en que buena parte de las declaraciones giran en torno a los presupuestos. Me refiero, claro está, a los Presupuestos Generales del Estado. Como cada otoño -salvo situaciones como la vivida el año pasado con el zapaterismo dando las boqueadas- son remitidos por el Gobierno a las Cortes Generales para su debate y, si procede, su aprobación antes de final de año. Los que acaba de hacer públicos el Gobierno son una nueva edición, corregida y aumentada, de los que hace pocos meses presentó para el año que corre. La austeridad es la nota dominante y eso se traduce en recortes y menos disponibilidad de recursos. Toca apretarse aún más el cinturón.
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A Artur Mas le pasa como a los británicos: admiten la igualdad entre hombres siempre que se reconozca que ellos son superiores

Últimamente, el discurso de Artur Mas varía de un día para otro. Lo mismo lanza un dardo de soberanismo que habla de un acuerdo singular entre España -lo que él denomina Estado- y Cataluña. Un acuerdo de tú a tú contemplando las diferencias que adornan a Cataluña con el resto de España, pero sin llegar a la ruptura. Es más que probable que en ese cambio de actitud -del soberanismo al acuerdo singular- hayan influido declaraciones como de las de José Manuel Lara -el factotum del Grupo Planeta e hijo de un andaluz de la localidad sevillana del Pedroso- y de algún otro empresario de fuste de salir pitando de Cataluña, caso de que se continúe transitando por la vía del independentismo.
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Les bastó tiempo para bautizar, en términos económicos, a varios países como pigs (cerdos) cuando apuntaron los primeros síntomas de la actual crisis

Los anglosajones son eso… anglosajones, una rama de los germanos que invadieron las islas Británicas en torno al siglo V. Serían el equivalente a los visigodos que invadieron la Hispania romana a principios de ese mismo siglo. Por el territorio que ocuparon terminaron siendo hijos de la Gran Bretaña, la mayor de las islas británicas y que en España conocemos como los ingleses, lo que es un craso error porque no todos los hijos de la Gran Bretaña son ingleses, ni mucho menos. Considerar la cuestión de esa forma, sería una metedura de pata tan grave como decirle a un catalán, por ejemplo a Artur Mas, que es castellano.
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