En su «Canto a Andalucía», Manuel Machado se refería a la salada claridad de Cádiz, al agua oculta que llora de Granada… y señalaba a Córdoba como romana, mora y…callada. Hay mucho de verdad en esas tres palabras del gran poeta sevillano. Se ha difundido mucho la impronta mora de la ciudad, mucho menos su carácter romano, que no le va a la zaga en importancia, al menos históricamente hablando.

La diferencia estriba en que la Mezquita, hoy catedral cristiana desde hace casi novecientos años, o las grandiosas ruinas de Medina Azahara no tienen parangón en lo que ha llegado a nuestros días de lo hecho por los romanos. El templo de la calle Claudio Marcelo fue una «iniciativa» del alcalde Cruz Conde y el yacimiento de Cercadilla… bueno mejor no hablar de lo ocurrido allí.

Machado añadía al pasado romano y moro de la ciudad el carácter de callada. Era, sin duda, un halago. Una referencia a sus habitantes que no hablan por hablar y guardan prolongados silencios ante una copa de vino. Algo que, en otros lugares, estimula la locuacidad.

Pero la Córdoba callada de estos meses es una triste estampa. La ciudad está callada, como decía el poeta, y… silenciosa. Tan callada y silenciosa como para que la hierba haya vuelto a brotar en algunos de los que han sido sus lugares más visitados, como es la plaza de Capuchinos donde se encuentra el popular Cristo de los Faroles. Da grima contemplar los comercios cerrados. Muchos de ellos con las persianas echadas, tal vez para no volver a levantarlas. Produce tristeza ver carteles en los que se anuncian liquidaciones por ceses de actividad.

Impresiona contemplar, sin ver a nadie caminar por las calles que discurren por sus aledaños, la Mezquita-Catedral, cerrada a las visitas desde hace algunas semanas. Esas calles otrora bulliciosas y desbordantes, y ahora solitarias, silenciosas, calladas.

Córdoba se ha callado de forma inesperada. Ese silencio no es un rasgo del senequismo que, quizá, inspiró al poeta. Es un silencio inquietante y será necesario tirar mucho de ese senequismo, del que se blasona en la ciudad mucho más del que en realidad existe, para salir adelante. Córdoba no puede ni debe postrarse, como en otras ocasiones ha ocurrido, ante la desgracia. El mal que ahora nos aflige es muy grande, no sólo por sus demoledores efectos, también porque nos creíamos a salvo de esta clase de calamidades.

Esto es Europa y pensábamos que no entraba dentro de lo posible que sucedieran en ella las cosas que castigan de forma cotidiana a quienes habitan en otras latitudes. Pero la ciudad necesita, en el momento que las circunstancias lo permitan, sacudirse la modorra en que ha entrado. Entre otras razones porque se trata de su propia supervivencia.

(Publicada en ABC Córdoba el 12 de diciembre de 2020 en esta dirección)

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