Muchos de los grandes descubrimientos arqueológicos tienen un origen parecido: un agricultor labrando el campo encuentra una pieza antigua. A veces, ofrecen llamativas coincidencias. El hallazgo se produce después de una tormenta o una lluvia tan fuerte que, al quedar el terreno lavado, afloran cosas que estaban ocultas. Incluso son descubiertas -caso de que se trate de objetos metálicos- porque relucen o brillan al dar en ellos los rayos del sol.

Hemos de suponer que en muchos casos no llegó a hacerse público el hallazgo y quien lo hizo se lucró de forma clandestina. Pero, en algunos de los casos que conocemos, el modus operandi tiene similitudes curiosas. Les dejo dos ejemplos que hallazgos arqueológicos que tienen mucho en común. El primero ocurrió en 1858, reinando Isabel II. La hija de un campesino de la localidad toledana de Guadamur, que regresaba de Toledo, encontró en un pago de huertas, porque una tormenta lo había dejado al descubierto y brillaba con los últimos rayos de sol, la más importante colección de piezas de orfebrería visigoda que se conoce. Su familia lo cargó en el albardón de uno de los mulos y lo mantuvo oculto. Vendieron piezas a joyeros toledanos que fueron a parar al crisol.

Cuando en España se supo del hallazgo, lo que quedaba estaba en Francia. Se intentó inútilmente recuperarlo. Sólo en 1941, el régimen de Vichy se avino a devolver parte de aquel tesoro. He contado esa historia, en la que tuvo notable protagonismo el ilustre baenense don Amador de los Ríos, en ‘El último tesoro visigodo’.

Más de siglo y medio después, en febrero de 2020, se produjo otro hallazgo en una finca del término de Baena. Después de una fuerte lluvia, algo brillaba entre los surcos y llamó la atención de un agricultor. El hallazgo ha venido en denominarse el ‘Tesorillo de Baena’. El arqueólogo Alejandro Ibáñez ha señalado que ese diminutivo es inapropiado porque tiene un extraordinario valor. Se trata de joyas andalusíes del siglo XI y está formado por 98 piezas de oro, plata o plata sobredorada, 31 cuentas de pasta de vidrio, 14 piedras labradas de cuarzo o de cristal de roca, cuatro de coral rosa y 476 aljófares, es decir, pequeñas perlas de forma irregular.

Una denuncia llevó a intervenir a la Guardia Civil y el autor del hallazgo, que lo mantenía en secreto, tuvo que mostrarlas. Las llevaba en el maletero de su vehículo. El tiempo pasa, pero hay cosas que permanecen. Esas piezas pueden verse en una exposición en el Museo Arqueológico de Córdoba. Nos revelarán algunas cosas del mundo andalusí que a comienzos de aquella centuria vivió la crisis del califato cordobés.

(Publicada en ABC Córdoba el 6 de marzo de 2021 en esta dirección)

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