Fue en la mañana de la jornada electoral del domingo cuando la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, señalaba que el resultado de las elecciones en Andalucía no podía ser extrapolado a nivel de España. Estaba poniéndose el barro antes de que le picara el tábarro. En el PSOE se tenía certeza de que el resultado iba a ser malo y su derrota estaba signada. No tenían el dato definitivo. Ese no se tiene hasta que se abren las urnas, pero sabían que iban a tener sus peores resultados en unas elecciones en Andalucía y que la victoria del PP iba a ser rotunda.

Habían jugado durante la campaña con el espantajo de que Moreno Bonilla necesitaría el apoyo de Vox, empecinado en entrar en el gobierno, para ser investido presidente.

Fue por ese flanco —salvo las meteduras de pata de Zapatero Lastra mentando la corrupción en Andalucía— por donde disparaban su artillería electoral. Craso error porque estaban diciéndole a los andaluces que los populares ganarían las elecciones y les señalaban que, si no querían que Vox mediatizase el gobierno, Moreno Bonilla tenía que ganar con mayoría suficiente para orillar a Vox. Es lo que ha ocurrido: el PP ha ganado con mayoría absoluta y su candidato, investido con los votos de su partido, formará un gobierno monocolor.

Pero la gravedad de la derrota del PSOE va mucho más allá de haber perdido unas elecciones. La derrota se ha producido en Andalucía que durante cuatro décadas ha sido el principal granero de voto socialista en unas elecciones generales. Ha sido fundamental a la hora de ganarlas y también a la hora de minimizar las derrotas. El PSOE se ha visto superado por el PP en todas y cada una de las provincias, incluida Sevilla, lo que tiene un valor simbólico extraordinario, ha perdido en todas las capitales andaluzas y prácticamente en todas las ciudades importantes, incluida Dos Hermanas, que también ha sido un símbolo del poder socialista en Andalucía. Por eso es por lo que, pese a que, desde las terminales mediáticas de la Moncloa, se insista en que las elecciones de Andalucía son unos comicios autonómicos y su resultado no es extrapolable a nivel nacional, el sanchismo ha entrado en fase crepuscular que no es otra cosa que el tiempo declinante que precede al final.

Lo señalamos porque, más allá de la buena gestión del gobierno de populares y ciudadanos, que ha sido bien valorado por los andaluces, más allá de que Juan Espadas era un desconocido para buena parte del electorado y no es un líder carismático que levantase oleadas de entusiasmo —tampoco lo era Chaves y acumuló varias mayorías absolutas—, ha sido el lastre que supone Sánchez para el proyecto político socialista el factor determinante en la debacle del PSOE el pasado 19 de junio de 2022.

No me atrevo a decir que la jornada es histórica, como le gustaba decir a Pablo Iglesias, cada vez que ofrecía una astracanada. Pocas lo son en verdad. Pero sí me atrevo a señalar que las consecuencias de lo ocurrido ese día van mucho más allá de que Moreno Bonilla sea presidente de Andalucía los próximos cuatro años.

(Publicada en ABC Córdoba el viernes 24 de junio de 2022 en esta dirección)

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