Se han cumplido, en este 2019 del que queda muy poco para que se nos acabe, cincuenta años de la construcción del pantano de Iznájar. Cuando se inauguró, en el año 1969, se trataba de una impresionante obra de ingeniería, dado el tamaño de la presa que contendría en agua embalsada y cuya capacidad máxima se estimaba cercana a los mil hectómetros cúbicos. En España se habían construido algunas presas con mayor capacidad, como la de Buendía, la de Ricobayo, la del Cíjara o la de Alcántara, esta última terminada también en aquel año de 1969, la de Iznájar era la primera que se hacía en tierras andaluzas con unas dimensiones equiparables. La construcción de la presa dejó sepultada bajo las aguas la parte baja de aquella localidad y forzó la emigración de muchos de sus vecinos. Iznájar, la plaza fuerte que se disputaron cristianos y musulmanes a lo largo de la Baja Edad Media, no volvería a ser la misma.

El pantano de Iznájar formaba parte de un plan para tener reservas de agua en un país donde las sequías son periódicas, como suele ocurrir en los climas mediterráneos. Se trataba, en la mayor parte de los casos, de embalses cuyo diseño se había realizado en tiempo de la monarquía de Alfonso XIII, incluida la dictadura de Primo de Rivera, pero que por diversas causas no se habían ejecutado. Era una necesidad derivada de una población creciente. A finales del siglo XIX España se situaba cerca de los diecinueve millones de habitantes y en 1930 estaba próxima a los veinticuatro millones. Ese notable aumento de población, consecuencia de una alta tasa de natalidad y una tasa de mortalidad que experimentaba fuertes descensos, necesitaba una mayor cantidad de alimentos. Había que poner en regadío amplias campiñas ligadas al secano y convertir en regadíos secarrales, poco productivos hasta la fecha. Se construyeron pantanos para regar las sedientas tierras aragonesas, como el de Mequinenza, con una capacidad algo superior a los mil quinientos hectómetros cúbicos, que se inauguraba poco antes que el de Iznájar, en 1966, y al que se denominó como “Mar de Aragón”. Otro tanto ocurría en La Mancha con el pantano de Buendía, construido sobre el curso del Tajo, en las provincias de Cuenca y Guadalajara que, inaugurado en 1958, tiene una capacidad de casi mil seiscientos cincuenta hectómetros cúbicos. Junto a otra serie de presas, como las de Entrepeñas y Bolarque recibió el nombre de “Mar de Castilla”.

Iznájar, dada su grandiosidad, no iba a ser menos y se bautizó con el nombre de “Mar de Córdoba”. Recoge las aguas del Genil y tiene su cabecera cerca de la localidad granadina de Loja a diecisiete kilómetros de distancia de la presa.  Al igual que sus compañeros su función es la de almacenar agua en una zona de Andalucía sometida a la irregularidad pluviométrica propia de los climas mediterráneos. Su construcción ha permitido el suministro de agua potable a numerosas localidades de las Subbéticas y de la campiña cordobesa, que hasta entonces habían tenido problemas serios de abastecimientos en unas fechas en que las clases medias accedían a viviendas dotadas con agua corriente, a cuartos de baño y una mayor demanda del preciado líquido. También ha permitido poner en regadío grandes extensiones de terreno, de los cuales el más importante es el canal Genil-Cabra.

Llama la atención que, en su cincuentenario, apenas se le haya prestado atención.

(Publicada en ABC Córdoba el 21 de diciembre de 2019 en esta dirección)

Imagen: Wikimedia

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