El nombre que da título a la columna de hoy no tiene que ver con alguno de los muros del viejo Alcázar de Córdoba, que tanta historia encierra entre sus paredes. El título alude a la expresión utilizada en la sección “A los Cuatro vientos”, de ABC. En ella se hacía referencia, con lo de “murallón”, a la dilatación en el tiempo de obras en el Alcázar. Se señalaba que padecen el “efecto murallón”, al que se definía como la forma cordobesa de convertir las obras en eternas. No es mala expresión, sobre todo porque responde una realidad muy presente en la ciudad. La enumeración de los ejemplos de las obras que padecen el efecto murallón seria extensísima, pero baste con recordar el Palacio de Congresos, el que iba a ser todo un referente en sur de España y que se quedó en costosísima maqueta, pensemos en el Plan Turístico de Grandes Ciudades que acumula retrasos y prórrogas, o lo que costó ver convertida en una realidad con goteras la Ciudad de la Justicia.

Ahora el efecto murallón se ceba en el Alcázar de los Reyes Cristianos, un invento del alcalde Cruz Conde, al que ahora le han quitado su nombre a la calle de tal denominación para convertirla… en un Cardo. Fue Cruz Conde quien en los años cincuenta del pasado siglo impulsó el trazado de unos jardines -pretendidamente andalusíes- y una primera fase de restauración del inmueble, encargada al arquitecto Víctor Escribano Ucelay.

El Alcázar, convertido en una de las atracciones turísticas de la ciudad, a la que ayuda su proximidad a la Mezquita Catedral, es una construcción de la primera mitad del siglo XIV, mandada levantar por Alfonso XI, el que está enterrado en San Hipólito, iglesia que fue erigida por iniciativa de ese monarca -muy ligado a Córdoba-, sin que supiera que a la postre sus restos irían a reposar en ella, al ser trasladados, ya en el siglo XVIII, desde la Capilla Real de la Mezquita Catedral, donde había sido enterrado al morir. La construcción alfonsina se realizaba sobre el Alcázar de la época musulmana. Fue la residencia de los emires andalusíes hasta que Abderramán III construyó Medina Azahara. Ese Alcázar fue residencia de los Reyes Católicos en varias ocasiones, principalmente en los años en que se desarrollaba la Guerra de Granada. Antes de la invasión musulmana había formado parte de la Córdoba visigoda, asentada sobre la ciudad romana, que desde el emplazamiento allí levantado controlaba el puerto fluvial sobre el Guadalquivir, cuando el río era mucho más caudaloso de lo que es en nuestro tiempo.  Fue sede del tribunal de la Inquisición, que tuvo allí sus mazmorras. El alcázar inquisitorial fue asaltado por los cordobeses, hartos de los desmanes y afrentas que cometía un temible inquisidor, llamado Diego Rodríguez de Lucero, al que popularmente se daba el nombre del Tenebroso.

En 2013, siendo concejal de cultura Juan Miguel Moreno Calderón, se trazó un ambicioso plan de actuación sobre el Alcázar que contemplaba una docena de iniciativas que darían un nuevo aire al monumento.  El desarrollo del plan es un claro ejemplo de la forma cordobesa de convertir las obras en eternas. El “efecto murallón” ha hecho que después de seis años, sólo dos de las actuaciones previstas se hayan iniciado -están lejos de concluir-y las restantes estén muy lejos de ponerse en marcha.

(Publicada en ABC Córdoba el 27 de marzo de 2019 en esta dirección)

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