Un contemporáneo de la mortífera epidemia que asoló Sevilla a mediados del siglo XVII, concretamente en 1648 y que provocó, en tan solamente cinco meses, sesenta mil muertos —prácticamente la mitad de su población—, señalaba que en algunas calles de la ciudad había vuelto a crecer la hierba. Era la prueba evidente de que nadie transitaba por ellas. Las calles de aquella Sevilla eran terrizas, que se convertían en lodazales con las lluvias de invierno y en pistas polvorientas en las largas sequías de los veranos. Esa, pensábamos era la razón, amén de que no había personas que caminaran por ellas, de que la hierba hubiera crecido de nuevo.

Como consecuencia de la complicada y problemática situación de confinamiento en nuestras casas, en que nos encontramos un buen número de personas, se están produciendo fenómenos que no ocurrían cuando la vida transcurría por los cauces de lo que hemos venido considerando como normalidad. Por ejemplo, he visto algunas imágenes —tengo la certeza de que no son bulos ni de los que difunde el gobierno ni de los que buscan deteriorarlo— de grupos de delfines saltando sobre las aguas en las proximidades de la costa de Málaga. Parece ser que no se les veía desde hacía algunas décadas. He visto también imágenes de rapaces que anidan en zonas urbanas y cuya vida transcurre en el campo. Por muchos sitios los jabalíes, que ya habían invadido con anterioridad a esta pandemia, espacios urbanos, campan a sus anchas por calles de urbanizaciones. En Zuheros, en el corazón de la Subbética las cabras montesas saltaban, salvando algunos obstáculos o se ven ballenas nadando en aguas del estrecho de Gibraltar.

ABC mostraba días atrás unas llamativas imágenes de uno de los lugares más emblemáticos de Córdoba, la plaza de Capuchinos, donde se encuentra la imagen del Cristo de los Desagravios y la Misericordia, conocido como el Cristo de los Faroles. En su pavimento empedrado con canto rodado había brotado la hierba cubriendo el suelo de una alfombra verde porque casi nadie transita por aquella plaza. Los sismólogos afirman que se han reducido exponencialmente los pequeños temblores que afectaban a la Tierra, como si se quejase de lo que ocurría en su superficie y que el reposo que le ha llegado la ha “tranquilizado”. Ignoro lo que estará pasando con la deteriorada capa de ozono que protege la tierra de determinadas radiaciones, pero habida cuenta de la caída de la actividad o de la circulación de vehículos en todo el planeta, lo que ha tenido un enorme impacto en los precios del petróleo, es muy probable que se esté recuperando.

Estamos dejando respirar al planeta, la fauna se comporta de modo diferente a como lo hace cuando el género humano está en plena actividad y la vegetación aparece en lugares de la que pensábamos que estaba desterrada. Como decía aquel contemporáneo de la peste que asoló Sevilla en 1648, a poco que los seres humanos dejan de presionar, el poder de la naturaleza da muestras de su vitalidad y reaparece con todo su vigor.  cuestiones que, es posible, a muchos parezcan meramente anecdóticas quizá nos debieran hacer reflexionar en un tiempo en que amenazas inimaginables hasta ahora que se ciernen sobre nosotros. Reflexionar sobre que podríamos hacer para que nuestro planeta, que da muestras de una fortaleza, un poder y un vigor extraordinarios, no siga deteriorándose de la forma en que se nos dice que vienen sucediendo en las últimas décadas.

(Publicada en ABC Córdoba el 2 de mayo de 2020 en esta dirección)

Imagen: Pixabay

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