Bajo el sugestivo título de “El poder del pasado” el Museo Arqueológico Nacional ha organizado una gran exposición, conmemorativa de los ciento cincuenta años de su creación que se remonta al año 1867, reinando Isabel II. Sin duda, tuvo mucha influencia en esa decisión, aunque de su creación se hablaba desde hacía algún tiempo, el monumental escándalo que se desató como consecuencia del hallazgo de lo que se denominó el Tesoro de Guarrazar. Nombre que se dio a las coronas votivas y cruces de la época visigoda encontradas en el verano de 1858, en un pago de huertas de esa denominación situado en el término municipal de la localidad toledana de Guadamur. Las piezas de un valor histórico y artístico incalculable habían sido vendidas a Francia, donde estuvieron hasta el año 1941 en que retornó a España una parte de dicho tesoro.

Lo ocurrido con el tesoro de Guarrazar fue un aldabonazo en la conciencia nacional y sirvió al menos para, ante la imperiosa necesidad de preservar los elementos materiales de nuestro pasado, crear un museo que los guardase en las debidas condiciones. Los testimonios de ese pasado habían sufrido en las décadas anteriores  un serio deterioro, pese al meritorio trabajo de las Comisiones Provinciales de Monumentos creadas en 1844. Supuso, además de la creación de lo que hoy es el Museo Arqueológico Nacional, regular una red de museos provinciales surgidos del trabajo de las mencionadas Comisiones de Monumentos. Así mismo se establecieron las bases para la creación de un cuerpo de “individuos que con la debida erudición y exactitud han de reunir, clasificar, ordenar y conservar el delicado material de los museos”.

“El poder del Pasado”, que podrá visitarse a partir del 11 de octubre y hasta el 1 de abril del próximo año, es una visión material de nuestro pasado a través de algunos de los restos que dejaron las generaciones pasadas. La exposición muestra el desarrollo de la arqueología española y ofrece una parte material de nuestro pasado, a través de centenar y medio de objetos, procedentes de diferentes museos e instituciones, que permitirá a los visitantes acercarse a importantes obras de arte de nuestro pasado material y a la historia que esos objetos encierran. Hay piezas tan importantes como la corona de Sancho IV, el hijo rebelde de Alfonso X “el Sabio”. El mosaico romano de las Tres Gracias. El denominado báculo de Numancia. La llamada arqueta de Hisham II y que el califa cordobés regaló al obispo de Gerona.

Veintitrés de esos objetos proceden de diversos museos de Andalucía y cinco de ellos de Córdoba. Se trata de un vaso de cerámica del periodo Neolítico, procedente de la cueva de los Murciélagos,  de Zuheros. Una figura de bronce, procedente de la villa romana del Ruedo, en Almedinilla y que representa un hermafrodita. Una pila procedente de Alamiriya, una almunia -nombre que se daba a las fincas de recreo situadas en una explotación agrícola- que perteneció a Almanzor y está situada cerca de Medina Azahara. Una celosía labrada en mármol perteneciente a la época Omeya. Por último el Mithra Tauróktonos, encontrado a mediados del pasado siglo en la denominada villa del Mithra, en Cabra y que hoy se conserva en el Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba, que es la pieza más importante no sólo por su valor artístico, sino por tratarse de una de las escasas representaciones del dios Mithra, la deidad irania difundida por gran parte del imperio romano por soldados de las legiones.

(Publicada en ABC Córdoba el 11 de octubre de 2017 en esta dirección)

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