Iba a ser el Juan Carlos I el Breve. Perece ser que el calificativo se lo puso Santiago Carrillo, Secretario General del Partido Comunista. Los sectores más duros del franquismo, lo que se llamó el búnker, lo tildaban de tonto y corrieron infinidad de chistes sobre ello. Franco lo invistió de un poder extraordinario, el mismo que había tenido del dictador como jefe del Estado, para que continuase su obra. Sin embargo, Juan Carlos I afirmo que quería ser el rey de todos los españoles y apostó por transformar aquella dictadura en una democracia. La monarquía que encarnaba sería parlamentaria y constitucional. Torcuato Fernández Miranda fue quien dio forma legal al cambio con aquello “de la ley a la ley, a través de la ley”. Con Suárez en la presidencia del gobierno —su nombramiento fue un gran error, según El País— consiguieron que las Cortes franquistas se hicieran el harakiri. Se inició la reforma política, después de que un referéndum la votó por amplia mayoría, y se legalizaron los partidos políticos, incluido el PCE, mientras organizaciones terroristas como ETA, el FRAP o la Triple AAA asesinaban a diario. En los cuarteles había lo que se llamaba ruido de sables. Hubo elecciones libres en junio de 1977, diecinueve meses después de la muerte de Franco. Se redactó una constitución que, aprobada por referéndum, se convertía en la piedra angular de la monarquía constitucional y la España democrática. Los nostálgicos del franquismo, lo que incluía una parte importante del ejército, buscaron la involución con un golpe de estado el 23 de febrero de 1981. Ese golpe lo paró Juan Carlos I que se dirigió aquella noche a los españoles, llevando el sosiego a muchos, muchos hogares.

En aquella España se decía que no había monárquicos, pero había juancarlistas. Juan Carlos I se había ganado a pulso el ser el jefe del Estado en que inicialmente lo había convertido Franco. El rey y la monarquía se habían convertido en pieza fundamental de la España democrática. El PSOE ganaba las elecciones de 1982 y llegaba al poder, y las instituciones funcionaban. Con Felipe González en la presidencia del gobierno España se convertía en miembro de lo que hoy es la Unión Europea. España vivió varias décadas de prosperidad como no ha habido en nuestra historia. En 1992 España se convertía en el centro del mundo: Exposición Universal en Sevilla con motivos del V Centenario del descubrimiento de América y Olimpiadas en Barcelona. Juan Carlos I simbolizaba aquella España.

Luego vinieron las vacas flacas. La crisis iniciada en 2008 que Rodríguez Zapatero no quiso ver y luego no supo cómo afrontar. Juan Carlos I no dio ejemplo con determinadas actitudes en su vida personal y pidió perdón públicamente por ello. Protagonizó algunas otras acciones, ciertamente lamentables, que, sin duda, influyeron en su decisión de abdicar en 2014, después de treinta y nueve años de reinado que transformaron España en todos los órdenes: político, social, cultural, económico…

Ha tenido que marcharse de España —algunos impropiamente lo llaman exilio y otros, arteramente, huida—, como si fuera un apestado, sin estar procesado, ni siquiera imputado. Otros que no han dado ejemplo de nada y están acusados de corrupción como los Pujol, los protagonistas de los ERE o los de la Púnica siguen en España. A muchos, que tienen la memoria frágil, se les han olvidado muchas cosas y sólo recuerdan los aspectos negativos de Juan Carlos I. Otros sencillamente desconocen su trayectoria.

(Publicada en ABC Córdoba el 15 de agosto de 2020 en esta dirección)

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