No es el título de una novela, aunque lo parezca. Está referido a un viaje que se ha hecho en secreto, que es algo más que de forma discreta porque lo que se buscaba ha resultado ser un fiasco y ese era un riesgo que no convenía airear, caso de que el resultado fuera el que ha sido. Añadamos a ello que el sentido del ridículo no parece tener límite alguno por lo que respecta a algún personaje de la política española, aunque el protagonista niegue que forme parte de ella porque sostiene que Cataluña no es España.

Nos referimos al presidente de la Generalitat, Carlos Puigdemont, que ha efectuado un viaje relámpago a los Estados Unidos y que pretendía ser secreto, al menos hasta que no se tuvieran los resultados. El objetivo de dicho viaje era el de reunirse con el expresidente de aquel país, Jimmy Carter y obtener, aunque sea por una vía un tanto extraña, alguna clase de apoyo al prusés que se encuentra tan huérfano más allá de los límites del Principado, por lo que sus promotores buscan con desesperación cualquier señal que pueda interpretarse como un apoyo internacional. La realidad es que el empeño de la Generalitat y de una parte de los catalanes de realizar un referéndum buscando independizarse de España padece de una orfandad crónica, que cada vez resulta más apabullante.

Puigdemont había viajado hace pocas semanas a Estados Unidos con el propósito de obtener algún rédito internacional, pero cosechó un rotundo fracaso -uno más- en su intento. Le sirvió para desbarrar en algunas de las afirmaciones que hizo en una conferencia pronunciada en el Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harward y para la que se escogió un lugar reducido porque, como efectivamente ocurrió, acudieron pocas personas: en torno a noventa -algunos estudiantes, la mayoría catalanes, y los acompañantes de su séquito-. Los organizadores no querían, además de pechar con una escasa concurrencia, ofrecer la desolada imagen de un escenario vacío. Allí atacó duramente a España a la que catalogó como un país muy atrasado y comparó con Turquía. Pudo entonces haberse entrevistado con el exmandatario de los Estados Unidos. Pero la ocasión ha debido presentarse después y, según el líder de los populares catalanes, ha sido posible tras el pago de unos cuantos miles de dólares -por el momento, no ha señalado la cantidad- que ha abonado la Generalitat. Al Govern le ha faltado tiempo para negarlo y también ¡faltaría más! el intermediario que ha gestionado el encuentro y sus detalles. Puigdemont, sotto voce,  no ha dudado en tomar un avión y volver cruzar el Atlántico para reunirse con el Carter. El fiasco ha sido monumental no ha obtenido fotografía alguna del mismo y tampoco aparece la menor referencia al encuentro en la página web de Carter.

Mal muy mal tienen que ver los mandatarios catalanes el prusés para andar buscando, según el PP catalán comprando, reuniones con un mandatario que dejó de serlo hace treinta y seis años y que ha cumplido los noventa y dos años. Ignoramos el motivo del encuentro Puigdemont-Carter, pero todo apunta a que se trata de un intento de buscar apoyo y de dar relieve a un asunto al que la comunidad internacional no presta la menor atención y cuando lo hace es para rechazarlo, pese a los denodados esfuerzos del Consejero de Exteriores del Govern, Raul Romeva, quien no tiene empacho en presentarse como ministro de Asuntos Exteriores de Cataluña.

(Publicada en ABC Córdoba el 19 de abril de 2017 en esta dirección)

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