Los valores de una sociedad no han permanecido inalterables a lo largo de la historia de la humanidad. El paso del tiempo los ha ido modificando y alterando. Un ejemplo lo tenemos en los principios que regían la sociedad del siglo XVI, el siglo de las protestas religiosas contra Roma en amplios espacios del norte de Europa y que dieron lugar a la conocida como Reforma. Ese mismo siglo también es el de la reacción de Roma, para enfrentarse a esa Reforma con las directrices emanadas del concilio de Trento, conocidas como Contrarreforma. Esa situación, que llevó a las conocidas como guerras de religión ensangrentaron Europa al menos hasta la paz de Westfalia (1648), señalaba que los principios religiosos eran fundamentales y ocupaban una posición de gran relevancia en las gentes de aquel tiempo. En la España de la época, la del siglo XVI, el honor suponía un alto valor y se le tenía en gran consideración. Más próximo a nosotros, hasta el punto de que muchos lo recordamos, nuestros abuelos o incluso nuestros padres —entre aquellos que ya contamos algunos años— la palabra dada tenía más fuerza que un documento. Bastaba estrechar la mano para cerrar un acuerdo.

Esa es una de las razones por las que los historiadores señalan, por lo general con poco éxito, el error que supone juzgar con planteamientos y principios de la actualidad acciones del pasado, sin tener en cuenta que los valores imperantes en esa sociedad eran muy diferentes.

La escala de valores de nuestro tiempo lleva a que sujetos como Pablo Iglesias y Alberto Garzón, miembros del gobierno de España puedan faltar a su compromiso de lealtad al Jefe del Estado y a la Constitución, pese a haber empeñado su palabra en un acto solemne en presencia del Notario Mayor del Reino al hacerlo como miembros de un gobierno. Eso se llama deslealtad institucional, en buena medida amparada el presidente de dicho gobierno, que es quien los ha nombrado, al mantener un oprobioso silencio ante los ataques que recibe la Jefatura del Estado y la misma Constitución, como una forma de concesión política para mantenerse en el poder, al igual que sostiene, sin un lapsus de tiempo que pudiera explicar una evolución en sus planteamientos, una cosa y la contraria, de forma descarada.

Una sociedad, como la que hemos alumbrado, donde la escala de valores está presidida por la importancia el dinero, que siempre lo tuvo, por la ambición, que siempre existió, y por el poder, que siempre fue deseo de muchos, y en la que hace tiempo se perdieron otros valores que hoy son incluso objeto de burla, ve con normalidad en amplios sectores de ella cosas como las que están ocurriendo. Hay, por el contrario, personas a quienes estas actitudes provocan un rechazo, que en muchos casos es indignación. Eso genera tensiones y enfrentamientos que, cada día que pasa, son más frecuentes. No hay más que asomarse a las redes sociales para comprobar algo de lo que sostengo y donde las barbaridades llegan a niveles lamentables. No es ese el mejor de los caminos que puede recorrer una sociedad, bajo la capa de la libertad de expresión que ha convertido el insulto en un derecho. Los contemporáneos de muchas de las grandes tragedias ocurridas no tuvieron conciencia acerca de la forma en que comenzaron, pero todos las padecieron en la forma en como terminaron.

(Publicada en ABC Córdoba el 3 de octubre de 2020 en esta dirección)

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