Alguna vez, hace tiempo, hice en esta columna una comparación entre ciertos elementos que caracterizaron la larga agonía del Imperio Romano de Occidente y lo que está siendo la agonía de la civilización en la vieja Europa Occidental. Señalaba entonces que las condiciones de vida dentro de las fronteras del Imperio -muy superiores a las que había en el mundo que los romanos llamaban bárbaro, en el sentido de extranjero- generaron un fuerte presión inmigratoria en sus fronteras. Esa circunstancia llevó a las autoridades a intentar cerrarlas, por los medios a su alcance. La mayor presión la soportaban en lo que llamaban el limes las del norte, marcado  por el curso del Rin. Por entonces la plebe romana solo ambicionaba lo que hoy serían subvenciones y diversión. En la Roma de entonces quedó acuñada la expresión: “panem et circenses”. Indicaba que la natalidad de entonces había descendido de forma alarmante o que los romanos habían perdido el espíritu militar que caracterizó a sus legiones e hizo grande el Imperio.

Estos días cuando oigo decir que Neymar -futbolista protagonistas de uno de los grandes culebrones del verano- ha comprado su libertad por doscientos veinte millones de euros no puedo dejar de recordar otra de las realidades que se vivía en aquel decadente mundo romano, cuyas estructuras eran tan poderosas que la crisis que lo llevó a su desaparición se prolongaría por espacio de casi tres siglos. Me refiero a los gladiadores. Eran verdaderos ídolos de aquella sociedad que vivía pensando en los combates que se libraban en el circo y cuya máxima expresión era el Coliseo de Roma. Unos circos que tienen su equivalente en los modernos estadios de futbol y que hacen que las estrellas de ese ¿deporte? gocen de una popularidad equiparable a la de los gladiadores que se jugaban la vida luchando por su libertad, lo que no quitaba que alguno de ellos -al igual que los aurigas conducían las cuadrigas y que Santiago Posteguillo nos ha retratado magistralmente en su en novela “Circo Máximo”- llegase a hacerse inmensamente rico. Las muchedumbres, enloquecidas, les exigían el triunfo, sin entrar en mayores consideraciones. Las muchedumbres que hoy llenan las gradas de los estadios aplauden a los futbolistas hasta que dejan de ser sus ídolos. En las arenas del Imperio romano el traspiés de un idolatrado gladiador podía acarrearle la muerte y los mismos que les aclamaban los condenaban señalando con el pulgar su destino. Hoy se estila una especie de “damnatio memoriae”. Se procede a eliminar todo lo que recuerde al que en otro tiempo fue un ídolo aclamado y glorificado. Lo hemos visto estos días. La imagen de Neymar ha desparecido de los carteles anunciadores de los eventos deportivos del F.C. Barcelona y de las pantallas de propaganda de los centros comerciales. Su indumentaria, objeto de culto y fuente de saneados ingresos, que muchos portaban con orgullo ha ido al baúl de la ropa desechada.

Lo ocurrido con éste futbolista, cuya “compra de libertad” por doscientos veintidós millones de euros ha hecho correr ríos de tinta, da mucho que pensar, no por lo escandaloso de la cifra, ni siquiera porque se hable de comprar la libertad, que al fin y al cabo no deja de ser una metáfora, aunque personalmente me parece una expresión harto significativa, sino por lo que supone que tanta gente viva pendiente de tales cosas… Como en la decadente Roma que vivía la crisis sin ser consciente de que era el final de un época.

(Publicada en ABC Córdoba el 9 de agosto de 2017 en esta dirección)

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One Response to Gladiadores de nuestro tiempo | JoséCalvoPoyato
  1. Soy una alumna de la Cátedra Intergeneracional que Ud. me da clase, siempre que escribe algo lo sigo con máximo interés porque todo lo que escribe y las clases que me da son para mi un aliciente.


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