La plaza de las Tendillas, uno de los centros neurálgicos de Córdoba, está presidida por la estatua ecuestre de Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido también como el Gran Capitán, nombre con que sus soldados lo aclamaron en el campo de batalla de Atella, tras infligir a los franceses una severa derrota, algo que decirlo en nuestro tiempo va siendo considerado por algunos como políticamente incorrecto. La escultura tiene una larga historia desde que surge la idea hasta que se materializa, como suele ocurrir con las cosas de Córdoba. Según la doctora Fuensanta García de la Torre, cuando fue inaugurada en noviembre de 1923, recién estrenada la dictadura de Primo de Rivera, la idea de rendir un escultórico homenaje al Gran Capitán, tenía ya un largo recorrido.

El origen del proyecto de una escultura para rendir tributo al ilustre cordobés, nacido en Montilla, hay que buscarlo en el siglo XIX. La idea original arrancó de la Real Academia de Córdoba en 1842, en tiempo de la minoría de edad de Isabel II. Pero la idea no llegó a materializarse en un proyecto hasta más de medio siglo después, en 1897. Eran vísperas de la guerra contra los Estados Unidos en Cuba y en la prensa se exaltaban las glorias militares del pasado: se sacaba a relucir Ceriñola, Pavía, San Quintín, Lepanto… y al Gran Capitán, entre otros.

El proyecto encargado al escultor cordobés Mateo Inurria, quedó en eso, en proyecto. Es posible, aunque no podemos asegurarlo, que pudiera influir la grave derrota sufrida por España en 1898, a la que se conoce como un desastre: el “Desastre del 98”. El ambiente no estaba para conmemoraciones ni fastos. Una segunda iniciativa tomaba cuerpo en 1909, un año difícil, el de la llamada Semana Trágica de Barcelona que provocó la caída de don Antonio Maura, pero también quedó en proyecto. Habrá que esperar a 1915, año en que se conmemoraba el IV centenario de la muerte del ilustre soldado, para que un tercer proyecto -como el primero y el segundo, también era de Mateo Inurria-, terminara por hacerse realidad, años más tarde. El Ayuntamiento cordobés planteó la posibilidad de sufragar el costo de la escultura mediante una suscripción popular, pero la iniciativa resultó un fracaso. La admiración de los cordobeses por Gonzalo Fernández de Córdoba no llegaba al extremo de aligerarse el bolsillo. Esa es una de las razones por las que hubo de aguardar ocho años más para que, por fin, en 1923 se inaugurara el monumento. Resultó ser un acto multitudinario; era gratis asistir a la inauguración.

La obra está labrada en bronce, salvo la cabeza del ilustre soldado que es de mármol, siguiendo la moda de combinar materiales, imperante en la época. Sobre la escultura han circulado por Córdoba algunas leyendas, la más conocida es la que alude a que Inurria se inspiró para labrar la cabeza del Gran Capitán en la del torero cordobés, Rafael Molina Sánchez, más conocido como “Lagartijo”, fallecido en 1900. No es verdad.

El V centenario, que debía haberse celebrado en 1515, pasó en Córdoba  con mucha más pena que gloria. Hubo iniciativas del ayuntamiento saliente en 2015, de la mano de Moreno Calderón, pero al entrar el actual no se interesó lo más mínimo por la efeméride. Publiqué entonces mi novela “El Gran Capitán”. Mañana domingo ABC ofrece a sus lectores una edición de ella por un módico precio, dentro de la colección dedicada a las grandes figuras de nuestra Historia.

(Publicada en ABC Córdoba el 13 de abril de 2019 en esta dirección)

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