Los sindicatos, que se encuentran con una nueva rebaja en las subvenciones que reciben del Estado, han dicho que producirán sufrimiento, algo de lo que no me cabe la menor duda. Es cierto. Pero tanto el secretario general de la Unión General de Trabajadores como el de Comisiones Obreras han afirmado que están concebidos para aumentar el paro. Así, como suena. Con tales declaraciones uno tiene que pensar que el sufrimiento al que se refieren los máximos responsables del sindicalismo español es porque les afecta a ellos de forma muy particular.

¿Sufren por los trabajadores que están en paro? ¿Sufren por los recortes salariales? ¿Sufren por la reducción de prestaciones sociales? ¿O es que su sufrimiento viene dado por haber perdido miles de liberados y por encontrarse con una rebaja en las subvenciones que les proporciona el erario público que se suman a la ya sufridas en el presente? ¿Acaso no había sufrimiento cuando el paro se disparaba en los años de gobierno Zapatero? ¿No hubo entonces recortes de salarios? ¿Tampoco lo hubo con la merma de las pensiones que fueron congeladas?

La pregunta es obligada. ¿La generosidad que les dispensaba Zapatero les llevaba a la mansedumbre y resignación con que aceptaban los recortes y la espectacular escalada de parados con que nos encontramos a partir del año 2007?

Llama la atención que la reacción de Méndez y Toxo a los presupuestos no dedique el menor comentario a la cantidad que los presupuestos contemplan para pagar los intereses de la deuda que tiene la administración. Unos intereses que alcanzan la friolera de más de 38.000 millones de euros, equivalentes a más de seis billones de las antiguas pesetas. Inevitablemente traen a la memoria la frase con que Zapatero replicaba -«nos lo podemos permitir»- a quienes les señalaban la espiral de gasto en que se había instalado en un momento donde la crisis, que negaba con un empecinamiento rayano en la estulticia, estaba ya golpeando con fuerza. ¿Sería la generosidad que dispensaba a Comisiones Obreras y a la Unión General de Trabajadores la que llevaba a sus líderes a guardar silencio y a protestar a regañadientes y con la boca chica en las escasas ocasiones que lo hicieron? ¿El silencio sindical de entonces fue un silencio cómplice porque estaba comprado?

Los sindicatos harían bien en reflexionar acerca de por qué se saldan con fracasos sus llamadas a la huelga general o a concentraciones masivas en un momento en que el malestar alcanza cotas tan elevadas que sacar a la gente a la calle no debería resultarle tan complicado.

 

(Publicada en ABC Córdoba el 10 de octubre de 2012 en esta dirección)

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