Quinientos años han transcurrido desde que esos frescos, que marcan un antes y un después en la historia de la pintura, quedaran inaugurados. En esa bóveda el genial artista toscano nos contó a su manera grandiosas historias del Génesis. Historia que los alumnos de la antigua enseñanza media -años antes de que la Logse causara estragos y convirtiera esa enseñanza en algo menor y deleznable- conocían con cierto detalle. Se trata de episodios bíblicos tales como la creación del Mundo o la de Adán, la expulsión de nuestros Primeros Padres del Paraíso Terrenal, el Diluvio Universal o la embriaguez de Noé, esta última explicada con grandes dosis de pudor porque las hijas del patriarca descubrían la desnudez íntima de su padre. En unos medallones que imitaban bronce nos dejó otra serie de escenas del Antiguo Testamento: el Sacrificio de Isaac, el profeta Elías arrebatado por el carro de fuego -episodio que ha dado lugar a las más diversas interpretaciones de carácter esotérico-, o la muerte del general Urías. Aprovechó las pechinas de la bóveda para regalarnos más escenas bíblicas: la adoración de la serpiente de broce, el duelo de David contra el gigante Goliat, el castigo de Amán una vez que Esther, la bella judía casada con el rey Asuero, descubrió sus maquinaciones o el episodio protagonizado por otra de las mujeres fuertes de la Biblia: Judit cortando la cabeza de Holofernes. Miguel Ángel desplegó en aquellas bóvedas todo un programa iconográfico veterotestamentario que completó con una serie de profetas y sibilas combinando lo religioso, como correspondía a lo sacro del lugar, y los planteamientos artísticos propios del arte renacentista imperante en su tiempo.

Hoy, a quinientos años de distancia, la bóveda de la Capilla Sixtina es una herencia en la que se cimentan las raíces culturales de Europa, las que difícilmente pueden entenderse sin el aporte del humanismo cristiano. Un humanismo que constituye una de sus esencias y uno de sus pilares sin el que la obra de colosos como Miguel Ángel Buonarroti resulta difícil de comprender y sólo nos permitiría visualizar el enorme poder que emana de sus figuras.

(Esta columna ha sido publicada en ABC Córdoba el 31 de octubre de 2012 en esta dirección)

 

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