La dureza de la epidemia de covid-19 que seguimos soportando —pese a que hay demasiados insensatos que piensan que esto no va con ellos o que ya ha quedado atrás— ha sido muy fuerte. Durante el estado de alarma cambió nuestros hábitos de vida y nos aisló. Esos hábitos no se han recuperado, pero otros han permanecido porque en ese tiempo hubo quien se encargó de ello. Se han rendido homenajes, más que merecidos a nuestros sanitarios —médicos, enfermeras, celadores…— porque han sido quienes han plantado cara a la enfermedad y lo han hecho sin los medios mínimos exigibles para combatirla. Hubo momentos en que les faltaba casi de todo. España es el país con mayor porcentaje de sanitarios contagiados del mundo. Ciertamente su comportamiento ha sido heroico. Pero se nos suele olvidar y apenas ha habido un recuerdo para ellos, a toda esa gente que, con su trabajo y su esfuerzo, consiguieron mantener muchas otras cosas funcionando.

Al comienzo del confinamiento se generó una alarma social por temor al desabastecimiento. La gente se abalanzó literalmente sobre los centros comerciales para proveerse de todo, en abundancia el papel higiénico, el alcohol, los geles desinfectantes y también comida no perecedera. Había miedo a quedarse desabastecido. Poco a poco la gente recuperó la confianza porque veían que los estantes vacíos volvían a llenarse una y otra vez. Eso significaba que había camioneros que transportaban los productos. Reponedores que colocaban las cosas en su sitio para que pudiéramos adquirirlas. Cajeras que se mantenían en sus puestos para que abonásemos la cuenta. Se seguía sacando la basura cada día y a la mañana siguiente los contenedores estaban vacíos. Los trabajadores de ese servicio estaban cumpliendo con su trabajo. La luz no faltó en ningún momento. Abríamos el grifo y seguía saliendo el agua. Los pequeños comercios atendían a su clientela. Los panderos cada noche hacían pan para que al día siguiente no faltase. La Guardia Civil, la Policía Nacional cumplían con su misión de velar por nosotros y el Ejército daba una vez más ejemplo de su entrega y capacidad logística. Hubo talleres y empresas en los que sus trabajadores se reconvirtieron en cuestión de días para abastecernos de lo que no había. Se estaban fabricando mascarillas, epis y geles desinfectantes cuyo consumo había subido de forma exponencial. Los trabajadores de las residencias, los grandes damnificados de la epidemia cumplieron con su misión en la inmensa mayoría de los casos, llegando a encerrarse para atender a los ancianos que tenían a su cuidado —no se ha reconocido el esfuerzo de muchos en ese terreno— para dar lo mejor de sí. A alguien le ha interesado crear un clima en que casi se les ha criminalizado porque era la forma de escurrirse de su gran responsabilidad, la que había asumido con palabras grandilocuentes que se quedaron en eso.

Han sido muchos los trabajadores que han hecho posible que, en la medida de los posible, nuestra vida haya podido estar lo mejor atendida posible. Voluntarios que han ayudado al vecino, asociaciones vecinales que han buscado dar respuesta a los más necesitados del barrio. Voluntarios de Cáritas, de la Cruz Roja o de numerosas oenegés. Ellos son los que han procurado que nadie se haya quedado atrás.

Seguro que se me olvida alguien, pido disculpas por ello. Han tenido un comportamiento ejemplar para evitar el caos. Son también héroes.

(Publicada en ABC Córdoba el 4 de julio de 2020 en esta dirección)

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