Hace algunas fechas el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, tomó una decisión que generó cierta polémica. Varios de los presidentes de las comunidades autónomas -no sólo los de las que están gobernadas por el Partido Popular- mostraron su malestar.

La medida había sido tomada unilateralmente por Sánchez y no se les había consultado. Algunos señalaron que no era lo más conveniente porque, aunque la llamada tasa de incidencia había bajado de forma considerable, la situación en que se encontraba la pandemia distaba mucho de estar controlada.

Pero Sánchez, como cuando dijo hace un año que habíamos vencido al virus, quería apuntarse el tanto de ser él quien nos liberara del engorro de llevar mascarilla en puertas del verano. No llevarla, al menos en los espacios abiertos y guardando las denominadas distancias de seguridad. Un alivio cuando el calor empezaba a apretar.

El fuera mascarillas de Sánchez fue como un pistoletazo de salida y en las fiestas nocturnas, incluidos botellones, se produjo un auténtico desmadre, incluso mayor que lo esperado. Fiestas multitudinarias -no han cesado en ningún momento, pero había ciertos reparos- y sin mascarilla.

Lo de la distancia de seguridad y sólo en espacios abiertos era letra menuda. La que no se lee ni se tiene en cuenta. Los contagios se han disparado de nuevo en España y lo que empezaba a vislumbrarse como un verano, desde el punto de vista turístico, como de inicio de la recuperación, ha sufrido un frenazo muy grave con un elevado porcentaje de anulación de reservas.

Son, cada día más, los países europeos que recomiendan no venir a España o cuando menos a algunas de sus regiones. Todo un varapalo para la industria del sector que ha visto como se esfumaba una buena parte de sus perspectivas de recuperación.

Por otro lado, se ha producido un fenómeno curioso y que quizá esté en relación con las mentiras que acompañan las afirmaciones de Pedro Sánchez. Como lo de que no pactaría con Pablo Iglesias porque era algo que le producía insomnio y le faltó tiempo para anunciar, tras las últimas elecciones su acuerdo con el podemita o cuando afirmó que jamás concedería indultos a los golpistas catalanes y acaba de dárselos. Con estos antecedentes es muy poca la gente que se ve por la calle sin mascarilla.

Quienes no la llevan son los que asisten a botellones, a fiestorros y saraos, y que, muchos de ellos, no se la solían poner cuando su uso era obligatorio. Hay quien se pregunta si el mantenimiento del uso de la mascarilla con la canícula estival apretando tiene algo que ver con que haya sido Pedro Sánchez quien diga que no es necesario llevarla y que el susodicho carezca del crédito necesario, según se colige de sus promesas incumplidas.

(Publicada en ABC Córdoba el 17 de julio de 2021 en esta dirección)

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