El turrón es una de las delicias gastronómicas españolas y muchas familias lo consumen, principalmente, por Navidad. Las dudas que se expresan sobre si alguien se comerá el turrón, aluden a las dificultades que para el susodicho existen para mantenerse en su puesto de trabajo antes de que finalice el año en curso. En el argot futbolístico, esa expresión suele emplearse para los entrenadores cuyos equipos han tenido un mal comienzo de temporada y que no responde a las expectativas que la afición tenía depositadas. Con ella se manifiestan dudas acerca de si seguirá ocupando el banquillo cuando lleguen esas fiestas en que se conmemora la natividad de Jesús de Nazaret y se celebran a finales de año. Lo del banquillo es una denominación atávica. Una expresión de los tiempos en que el fútbol tenía el carácter de deporte que, en gran medida, ha perdido. Hace tiempo que el banquillo desapareció, al menos en el caso de los clubes, sustituido por tapizados sillones en los que luce emblema de la entidad.

El título de nuestra columna está referido al entrenador de uno de los grandes de nuestro fútbol: Julen Lopetegui. El individuo que, después de haber renovado unas semanas antes del comienzo del Campeonato Mundial de Fútbol su compromiso con la Selección Nacional, hacía público, justo en vísperas de dicho Campeonato, que, una vez concluido el mismo, dejaba el puesto para marcharse como entrenador del Real Madrid. Las conversaciones que desembocaban en aquella situación se habían llevado con el mayor secretismo, pero Lopetegui se vio obligado a comunicarlo al presidente de la Federación Española de Fútbol porque en unos minutos iba a hacerlo público el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez. El contrato firmado, poco antes, con la Selección era papel mojado. El dinero que sobre la mesa había puesto la entidad madridista o el prestigio de entrenar al Real Madrid, era para Lopetegui más importante que dirigir la Selección Nacional.

Pese a que el momento era delicado, el presidente de la Federación lo puso, como se suele decir, de patitas en la calle -lo consideró una cuestión de dignidad y no le faltaba razón-, buscó una solución de emergencia, que no funcionó, y el papel del equipo nacional resultó, en el mejor de los casos, discreto y, desde luego, muy alejado de las expectativas de lo que se denominaba como la era Lopetegui -hoy se denomina como era a cualquier cosa- y la selección, apenas pudo superar la fase de grupos.

Han pasado pocos meses desde entonces. Lopetegui se hizo cargo del Real Madrid y los resultados no pueden ser más descorazonadores. Al equipo le cuesta mucho hacer un gol y ha perdido tres partidos consecutivos. Con la millonada que hay invertida en esa plantilla no es achacable a la marcha de Cristiano Ronaldo. Perder tres partidos tampoco es tan grave, pero sí lo es en un club acostumbrado a ganar y también porque hoy se exigen resultados inmediatos, no sólo en el fútbol. Son muchos quienes consideran que el equipo no funciona y todo apunta a que Lopetegui no se comerá el turrón. Es decir, no será entrenador del Real Madrid cuando finalice el año. Es posible que no lo sea cuando esta columna llegue a sus manos, salvo que se produzca un milagro deportivo. No sé por qué me ha venido a la mente aquella legendaria frase que el pretor Galba soltaba a los asesinos de Viriato: «Roma no paga traidores». ¿Será porque Lopetegui traicionó a la Selección Nacional?

(Publicada en ABC Córdoba el 24 de octubre de 2018 en esta dirección)

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