Hace unos días en mi localidad, en Cabra, que se encuentra a los pies de la sierra que en la Edad Media, se conocía con el nombre de Simblia, se produjo un hecho luctuoso. Muy grave. Tanto que le costó la vida a un joven y provocó heridas a la joven que estaba con él en un vehículo aparcado en la calle Victoria Kent, en un barrio periférico de la población. Cuándo la pareja estaba en el vehículo fueron sorprendidos por el asesino que acabó con la vida del mencionado joven, tras asestarle una serie de puñaladas una de las cuales, una en el cuello, fue la causante de la muerte.

La policía, en cumplimiento de sus obligaciones, siguió las pistas que la información obtenida y los datos recogidos  le permitían y que les llevó hasta un domicilio situado en la calle Priego donde efectuaron un registro y practicaron alguna detención. Lo que muestran las imágenes difundidas en las redes sociales es que a la salida del mencionado domicilio los agentes de la autoridad se encontraron con un número elevado de personas -podemos considerar que eran una muchedumbre que cortaba el paso en la vía pública- muchos de ellos empuñando en alto teléfonos móviles para hacerse con imágenes de lo que estaba ocurriendo. Los congregados, al menos una parte importante de ellos, no dejaban de gritar a coro: ¡asesino, asesino, asesino! al aparecer la persona detenida. Según la información que proporcionaba ABC fue necesaria la intervención de numerosos agentes de policía -al lugar donde se estaban desarrollando los hechos acudieron hasta diez vehículos policiales- para llevarse a dependencias policiales al detenido, sospechoso de tener relación con lo acaecido en la calle Victoria Kent, para interrogarlo y, en su caso, ponerlo a disposición judicial. La aglomeración de gente profiriendo gritos e insultos sólo puede calificarse de espectáculo bochornoso y lamentable.

En modo alguno es nuestro propósito quitar un ápice de gravedad a lo ocurrido. En absoluto. Es de tal gravedad que  acabó con la vida de una persona y provocó heridas a otra. El peso de la justicia, aplicando la ley, debe caer sobre el asesino. Pero el espectáculo que se vivió en la calle Priego con motivo de la detención de un sospechoso, no puede ser pasada por alto sin más. El artículo 24.2 de nuestra Constitución dice textualmente que “todos tienen derecho al Juez ordinario predeterminado por la ley, a la defensa y a la asistencia de letrado, a ser informados de la acusación formulada contra ellos, a un proceso público sin dilaciones indebidas y con todas las garantías, a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia”.  Es lo que comúnmente se denomina presunción de inocencia, que es una garantía fundamental recogida en los derechos individuales de cualquier estado democrático y que no puede ser conculcada.

Los insultos y las vejaciones que sufren los sospechosos -a veces las sospechas no concluyen culpabilidad-, son cada vez más frecuentes. Eso en una sociedad donde las noticias falsas corren como regueros de pólvora, nos aboca a situaciones condenables en un estado de derecho. La visión de enfebrecidas masas vociferantes, presas de un estado emocional exacerbado puede conducirnos a lugares no deseados más allá de conculcar un derecho constitucional, cual es la presunción de inocencia.

(Publicada en ABC Córdoba el 25 de septiembre de 2019 en esta dirección)

Imagen: pixabay

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