Sigo reflexionando sobre la reciente noche electoral, aunque parezca quedar lejos. Esas horas suelen estar cargadas de emociones muy diversas. También despiertan gran expectación. Tras unos días sin encuestas -la ley no permite hacerlas públicas- pueden publicarse, inmediatamente después de cerrarse los colegios electorales. Con mucha frecuencia lo que señalan esos sondeos, incluso hechos a quienes ya han votado, y lo que luego deparan las urnas, es muy diferente. Añádase a ello que cuando empiezan a darse resultados reales sobre porcentajes de voto muy pequeños, pueden cambiar mucho. La noche de las últimas elecciones municipales los primeros datos de Córdoba daban una clara victoria de la candidatura de Isabel Ambrosio, que se situaba en doce concejales –al final quedó en ocho, mientras que la de José María Bellido iniciaba la noche de capa caída, pero terminaba siendo la lista más votada.

La última noche electoral dejó imágenes verdaderamente llamativas. La primera era el lenguaje corporal de la plana mayor del PSOE cuando los datos que se estaban ofreciendo señalaban una gran victoria del PSOE. Los semblantes de quienes acompañaban a Pedro Sánchez en su rueda de Prensa y el del propio Sánchez, hacían pensar que no les producía alegría. Aparecían serios, cariacontecidos, la imagen propia de las noches negras, electoralmente hablando.

En muchas tertulias se comentaba el desastre electoral de los populares en Galicia y el varapalo que suponía para Núñez Feijoo. Se podía pensar que le estaban preparando la llegada a la presidencia del PP porque a Casado se daba, con aquella situación, por fulminado. Lo ocurrido el 28 de abril quedaba corroborado el 26 de mayo. Los mapas de cómo quedaría el poder municipal y autonómico ofrecían una arrolladora victoria de los socialistas y la práctica desaparición del PP. En Madrid la victoria de Gabilondo lo llevaba a la presidencia de la comunidad, el PP perdía Málaga. El PSOE rozaba la mayoría absoluta en Sevilla. Los socialistas se quedaban con La Rioja, Ganaban en Castilla y León. Pero el aspecto que ofrecían los dirigentes socialistas no encajaba.

Muy avanzada la noche las cosas viraron y se encontraba una explicación para esos semblantes adustos. Gabilondo no tenía claro ser presidente de la comunidad. Un pacto de PP Ciudadanos y VOX se lo podía impedir porque el desastre de Podemos era mayúsculo. Otro tanto ocurría en el ayuntamiento de Madrid. En Castilla León, donde se había repetido reiteradamente que después de varias décadas el triunfo era del PSOE, resultaba que la suma de PP y Ciudadanos podría formar gobierno. Una coalición de derechas entregaría Zaragoza a los populares y esa misma coalición podía desplazar al PSOE del poder autonómico, aunque el PAR podría investir al actual presidente, el socialista Lambán. El que quedaba al borde de la mayoría absoluta era el PP en Málaga, mientras en Sevilla se rebajaban las expectativas, aunque gobernaría el PSOE. Las caras serias de Ferraz tenían su explicación. Eso era algunas cosas que las urnas decían.

Pero los mapas que se ofrecían de las elecciones autonómicas y municipales señalaban el “gran éxito” socialista. Luego se ha sabido que la empresa contratada por el ministerio del Interior para volcar los datos no hizo las cosas bien. Errores de bulto y criterios equivocados. Lo que deparaba la noche electoral era que serán los pactos quienes establecerán las parcelas de poder en muchas ciudades y algunas comunidades autónomas.

(Publicada en ABC Córdoba el 8 de junio de 2019 en esta dirección)

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