En las elecciones generales del pasado 28 de abril los partidos independentistas catalanes celebraron los resultados como una gran victoria, al haber obtenido un resultado, en número de diputados ciertamente importante. ERC lograba quince escaños y la caída del PdeCat, el partido que ahora controla el prófugo Puigdemont, no se producía tan dura como se vaticinaba en todos los sondeos. Sin embargo, llama la atención el que los independentistas no se mostraran particularmente eufóricos Los votos de los veintidós escaños conseguidos -suma delos obtenidos por ERC más los del PdeCAT- suponían algo más de un millón seiscientos mil, lo que significaba que no alcanzaban el cuarenta por ciento de los votos emitidos en Cataluña en dicha jornada electoral. Eran muchos más que los algo más de un millón cien mil cosechados en las elecciones generales de 2016, pero en aquellas elecciones la participación fue catorce puntos porcentuales inferior a estas. Eso significa que el independentismo no supera el techo electoral alcanzado entonces, pese a haber atizado el juicio que estos días se celebra en el Supremo y se sientan en el banquillo los políticos y otros líderes -algunos de ellos candidatos en estos comicios- que protagonizaron el intento de golpe de estado de octubre de 2017, ni porque se hubiera suspendido la autonomía en el Principado, al aplicarse el artículo 155 de la Constitución.

Por otra parte, en dicha jornada electoral se produjeron en Cataluña dos resultados a los que, a nuestro juicio, no se les ha dado la relevancia que tienen. Uno es que el Frente Republicano de Dante Fanchín se ha estrellado electoralmente. No ha llegado al tres por ciento de los sufragios y ese resultado lo aboca a su desaparición. Otro, de mucha más entidad, ha sido el batacazo electoral de En Común Podem que ha apostado en su programa por ciertas tesis defendidas por los independentistas. Si en 2016 lograba ochocientos treinta y cinco mil votos, que suponían casi el veinticinco por ciento del total de los sufragios de aquellas elecciones y lo convertían en la primera fuerza política en Cataluña;  ahora se han quedado en seiscientos catorce mil. Si tenemos en cuenta que la participación, como ya se ha señalado, ha sido de catorce puntos porcentuales más, la perdida de apoyos es particularmente grave. Tan grave como en el conjunto de España en que los cinco millones de votos de Podemos del 2016 han quedado prácticamente reducidos a la mitad, si tenemos en cuenta el importante aumento de votantes. En el caso de Cataluña  eso le ha supuesto a En Común Podem pasar de ser el partido más votado en 2016, a ocupar ahora el tercer lugar por detrás de los republicanos de Esquerra y de los socialistas del PSC.

Señalemos, por último, que el panorama se completa con otros dos factores a tener en cuenta. En el reparto de los escaños entre los independentistas, los electores catalanes se han decantado claramente por quienes se muestran menos propicios a una confrontación abierta y directa con el Estado frente a que quien defiende las posturas más radicalizadas, como la formación Puigdemont, que ha ido a la baja. El círculo lo cierra el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, el catalanismo, independentista o no, está más lejos de una posición que, en otras ocasiones, le ha permitido condicionar la formación del gobierno de España.

(Publicada en ABC Córdoba el 11 de mayo de 2019 en esta dirección)

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