Joaquín Torra, presidente de la comunidad autónoma de Cataluña, a quien basta con leer lo que ha venido dejando escrito durante años, haciendo gala de una xenofobia, verdaderamente llamativa, para definirlo como persona, me dejaba impresionado hace unos días. La impresión no se derivaba de haberse referido a los españoles como gente indeseable y, en concreto, afirmar que los catalanes que se expresan en castellano son sencillamente «víboras, hienas, bestias con forma humana». Mi impresión no derivaba de que hubiera pronunciado perlas como esas, aunque es para impresionar.

Imagínense, por un momento, que algún político español de cierta relevancia hubiera dicho algo semejante, pero en sentido inverso. Es decir que los españoles que hablan catalán, aunque sea en privado, son tal, tal y tal. El efecto hubiera sido monumental, como el escándalo que se hubiera organizado. Desde todas las instancias se habría pedido su dimisión inmediata; algo que, por cierto, no ha ocurrido en el caso de Torra.

Pues bien, el otro día, una extraña sensación embargó mi ánimo al ver unas imágenes en televisión. No les estaba prestando demasiada atención, pero algo debía de estar pasando porque mis sentidos se tensaron. Me pusieron en alerta. Era como un aviso. Miré hacia el televisor y quien aparecía en la pantalla era Joaquín Torra.

No decía nada extraordinario, nada que se saliera del guión con que nos obsequian los independentistas catalanes -para gran parte de los españoles, yo diría que para una inmensa mayoría, una tabarra insoportable como señalaba el preso que compartía celda con Jordi Sánchez y solicitó que lo cambiaran de sitio para liberarse de aquella tortura-: independencia, república, el primero de octubre, la maldad del Estado opresor, diálogo sobre la base de sus planteamientos sin concesión alguna a la otra parte… En fin, nada nuevo, cosas de esas que tanto encandilan a su parroquia.

Pero estaba pasando algo que me había puesto en estado alerta y, desde luego, no era lo que Torra podía estar diciendo. Fue de repente cuando me di cuenta de qué era lo que tanto había llamado mi atención. Era que Joaquín Torra, el hijo, el nieto el de los dieciséis apellidos catalanes -lo que le daba limpieza de sangre-, el que considera que su calle ya no es la calle de sus padres, de sus abuelos y de sus antepasados porque en ella habita gente que no eran ni son como ellos, ¡estaba hablando en español! He de reconocer que, algo que debería parecernos normal, me estaba causando una viva impresión. Tengo muchos amigos catalanes que, como deferencia, cuando hablan en mi presencia lo hacen en español con la mayor naturalidad.

Sin embargo, me impresionaba oír la lengua en que Cervantes escribió el Quijote, Lope de Vega nos dejó mil y una comedias, alguien -quizá Fernando de Rojas-, La Celestina, Quevedo la Vida del buscón don Pablos, Pérez Galdós los «Episodios Nacionales» o Vicente Aleixandre los poemas que le llevaron al Nóbel, en boca de Torra. No pude evitar que, en aquel momento, viniera a mi memoria lo de «víboras, hienas, bestias con forma humana». Supongo que habrá quien sostenga que era una excepción en el discurso de Torra que se trataba de una cortesía a los medios de comunicación. Pero me impresionó y, por un momento, según el espejo de la palabra ¿estaba mostrándonos su imagen? ¿Su verdadera imagen, según se deduce de sus propias afirmaciones? Prefiero pensar que no, porque sería darle la razón.

(Publicada en ABC Córdoba el 23 de junio de 2018 en esta dirección)

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