Lo que se está viviendo estos días en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte es particularmente grave. El brexit, que es como ha venido en denominarse a su salida de la Unión Europea, se ha convertido en una especie de callejón oscuro y lleno de peligros, del que buscan la manera de salir. Pero no acaban de encontrarla. Es ese un callejón en el que ellos mismos se han metido, en buena parte porque hubo un político miope llamado David Cameron que convocó un referéndum  de cuyo resultado podían derivarse consecuencias inesperadas, pero sobre todo porque una  mayoría de la población británica votó por salir de la Unión. Muchos de quienes votaron por marcharse  consideraban  que la grandeza de su país bastaba para afrontar los retos a que se enfrentan las sociedades, ante un futuro en que el mundo se ha convertido en una aldea global. Esa grandeza de su país, de la que los británicos siempre se han sentido muy pagados, hace que muchos de ellos vivan de las glorias de un imperio que hace décadas periclitó y del que quedan solo sus últimos restos. Esa es una de las razones por la que se aferran a Gibraltar. Mantener la soberanía sobre el Peñón les hace sentirse imperiales, cuando ya no lo son.

Esa situación recuerda en algo a lo que sucedía en la España de finales del siglo XIX, en la antesala de lo que acabó denominándose Desastre del Noventa y ocho. En vísperas de la guerra que iba a enfrentar militarmente a España con los Estados Unidos, muchos españoles de entonces hacían alarde de  luchar contra lo que consideraban, ignorando la realidad, un país de vaqueros con nula experiencia militar. Se sentían los herederos de quienes habían escrito gestas militares como las de San Quintín, la de Lepanto o la de Pavía. La realidad era que a la  España de Cánovas del Castillo y de Sagasta le quedaban los restos de lo que otrora había sido un gran imperio -unos restos mucho más importantes de lo que son hoy los restos de lo que fue el imperio británico-, pero eran muchos los que seguían viviendo de las glorias imperiales. Por eso el batacazo que supuso la derrota ante los yankees llevaría a Joaquín Costa, con sus planteamientos regeneracionistas, a decir aquello de que había que echarle siete llaves al sepulcro del Cid.

Los expertos en demoscopia sostienen que el voto de los británicos que inclinó la balanza hacia el brexit procedía mayoritariamente de personas de cierta edad y vinculadas al mundo rural. Es probable que entre ellos se alimentaran todavía de las glorias de un tiempo en que Gran Bretaña poseía su imperio, imponía al mundo sus principios y los acuerdos se cerraban según las condiciones que ellos dictaban. Hoy los diputados británicos rechazan las que se han negociado para que su salida de la Unión Europea  sea pactada porque las condiciones les parecen inaceptables. Quieren marcharse pero de forma tal que se favorezcan sus intereses, como en tiempos del imperio, y eso, ya no es posible. Esas circunstancias los han llevado a ese callejón de difícil salida. Pero es que no se puede vivir de las glorias del pasado, de una ensoñación imperial. Como les ocurrió a los españoles de finales del siglo XIX. El despertar fue duro, muy duro.

(Publicada en ABC Córdoba el 2 de febrero de 2019 en esta dirección)

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