En la Colombia de hoy, donde se acumula la ayuda internacional que el tirano Maduro no deja entrar en Venezuela para remediar la lamentable situación en que se encuentra la población que no se ha marchado, huyendo de la dictadura bolivariana -son cerca de tres millones y medio los venezolanos que han abandonado su país en los últimos años-se encuentra una de las ciudades más hermosas de Hispanoamérica. Nos referimos a Cartagena de Indias, la que defendió Blas de Lezo en 1741 del ataque de los ingleses.

Las historias que cuentan los guías para ilustrar a los turistas sobre la presencia española en la época colonial y lo que puede verse en algunos museos son burdas mentiras, tejidas por el mundo anglosajón. Enseñan, por ejemplo, como lugar muy especial, la casa de Drake. Es decir, en la que se supone que vivió el corsario inglés los días en que estuvo saqueando Cartagena -por supuesto, nada se dice del saqueo-, antes de verse obligado a abandonarla. Hay un denominado Museo de la Inquisición española, muy cercano a la sede del consulado de España, en el que se da una visión falsa del tribunal, que según los mapas que allí se exhiben, junto a una guillotina como instrumento de ejecución inquisitorial, se extendía hasta los países escandinavos y por tierras de centro Europa, como Bohemia y Hungría. En las afueras de la ciudad se alza una estatua en honor de Blas de Lezo, donde se le representa, además de manco y tuerto, con una pata de palo porque era también cojo -con tales limitaciones sus contemporáneos le llamaron Medio Hombre. Pero no existe en el pedestal placa alguna que lo identifique. Al parecer, existió una, pero fue retirada, y no respuesta, para no ofender la sensibilidad de Carlos, príncipe de Gales, cuando visitó hace años la ciudad. Sólo queda el nombre de pila del héroe español al que se le denomina  “Don Blass”. También pueden verse en dicho pedestal -eso no se retiró ante la visita del sempiterno príncipe de Gales- el anverso y reverso de la moneda mandada acuñar por Jorge II cuando los ingleses dieron por conquistada la ciudad, antes de recibir el duro castigo que les infligió Lezo. En ella puede verse al almirante español arrodillado ante el inglés y la leyenda: “El orgullo español humillado por Vernon”. Solo con estos antecedentes puede darse una situación como la que me contaba un amigo, devoto de don Blas, que ha visitado Cartagena de Indias recientemente.

Un matrimonio, acompañado de sus hijos, que recorre la bahía cartagenera ante la que se alza la escultura, se detiene ante ella y la madre dice a los pequeños:

-¡Niños, poneos ahí! ¡Que os voy a hacer una foto con el pirata!

Sin otra referencia para identificar a Lezo más que “Don Blass”, la condición de pirata que aquella mujer adjudicaba al héroe español, no estaba exenta de lógica. Los anglosajones crearon a través del cine, utilizándolo muchas veces como elemento de propaganda de sus virtudes, la imagen del pirata con una pata de palo, como el John Silver de la novela de Robert Louis Steveson: La Isla del Tesoro. Y como quiera que  Blas de Lezo tenía una pata de palo…

Mi amigo les explicó quién era, dejándolos sorprendidos

Así se cuenta nuestra historia en Cartagena de Indias para consumo de los turistas anglosajones.

(Publicada en ABC Córdoba el 27 de febrero de 2019 en esta dirección)

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