Desde que a partir de la década de los ochenta del pasado siglo Margaret Tatcher, como premier británica, y Ronald Reagan, como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, forjaron una alianza de claros tintes conservadores, fueron muchas las cosas que cambiaron en el mundo. Con la impagable ayuda del papa Juan Pablo II, se produjo por aquellas fechas el hundimiento de la URSS, cuya acción más visible fue la caída del muro de Berlín, levantado por los comunistas para impedir que continuara la huida de los berlineses del “paraíso”. Tras ello, vino el hundimiento de lo que Winston Churchill había calificado como el Telón de Acero, refiriéndose a la línea que separaba el mundo libre de las dictaduras controladas por los soviéticos, en Europa. El mundo de los dos bloques, que había generado la tensión mundial en la llamada época de la Guerra Fría, desaparecía.

Esos cambios provocaron la formación de nuevas formas de capitalismo, diferentes a las que se habían desarrollado en la Primera, Segunda y Tercera revoluciones industriales, en las que la importancia de los obreros en los centros de trabajo era determinante. Frente a la amenaza de huelga de los operarios era frecuente que el capital optase por la negociación y se cerrasen acuerdos. Hoy esas situaciones siguen dándose, pero tienen menos entidad que en el pasado. Los referidos cambios han dado lugar, entre otras cosas, al denominado capitalismo financiero, que se ha convertido en hegemónico en el mundo del capital. Ahí las posibilidades de lucha de los trabajadores frente a las imposiciones del capital están mucho más limitadas y eso significa que la clase obrera ha perdido parte importante del protagonismo que tuvo en las anteriores revoluciones industriales. Dicha transformación ha tenido una importante repercusión en las formaciones políticas de izquierda, muy ligadas a esas masas obreras, laboralmente representadas por los conocidos como sindicatos de clase. Esa vinculación era tan patente que alguno de esos sindicatos actuaba como verdadera correa de transmisión de determinadas siglas políticas, hasta el punto de que la pertenencia a uno significaba la inclusión en el otro. Pero eso era otro tiempo. También ahí llegaron los cambios, si bien quedan importantes rescoldos. Esa pérdida de importancia ha tenido su reflejo en la disminución de poder de los sindicados de clase -no hay más que ver las manifestaciones, antes multitudinarias y hoy muy disminuidas, de los Primeros de Mayo-, a lo que también ha colaborado la corrupción que ha afectado de forma grave a las organizaciones sindicales.

Esos cambios han llevado a la izquierda a abrazar como propias otras banderas, muchas veces -al menos en el caso de España- con la colaboración de una derecha miope y poco hábil. Nos estamos refiriendo a los movimientos feministas en pro de la igualdad de la mujer abanderado por la izquierda como algo vinculado a su ideología y pretendiendo expulsar la presencia de la derecha en las manifestaciones donde se plantea esa reivindicación, de lo que hay ejemplos muy recientes. Otro tanto ocurre con la defensa del medioambiente y la lucha por proteger el planeta en la que, amén de movimientos ecologistas, la izquierda ha hecho bandera, mientras que primos de conocidos líderes de la derecha, negaban la necesidad de tomar medidas que se presentan ante la opinión pública como urgentes.

Estamos en un tiempo de cambios. A los tecnológicos, que nos han situado en la sociedad de la digitalización, se suman los que afectan a los planteamientos ideológicos desde que la alianza Teatcher-Reagan acabó con la URSS.

(Publicada en ABC Córdoba el 15 de junio de 2019 en esta dirección)

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