Durante mucho tiempo los estudios históricos estuvieron dedicados, fundamentalmente, a los grandes acontecimientos: batallas decisivas, tratados de paz, grandes descubrimientos. También a los personajes de renombre: papas, emperadores, reyes, grandes generales, conquistadores, políticos de mucho fuste. Apenas se le prestó atención -mucho menos de la debida- a los hechos de la vida diaria. No será hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando se desate un creciente interés en los ámbitos académicos por lo que ha venido en denominarse como Historia de la vida cotidiana. Cómo eran las viviendas que habitaban, en qué condiciones viajaban, cómo se vestían, cuáles eran sus diversiones o creencias y también que comían o bebían. Esta referencia al interés de la historia por la vida cotidiana viene a colación porque acabo de terminar de leer la nueva edición, que acaba de salir, de una obra que mi admirado Juan Eslava Galán, publicó hace casi veinte años: «Una historia de toma pan y moja. Los españoles comiendo (y ayunando) a través de los tiempos».

Con la sutileza y el ingenio que caracterizan su obra -tanto ensayos como novelas- conduce al lector por los vericuetos de una historia de la gastronomía en España. Desde la época de Atapuerca hasta la comida basura que impera en buena parte de la comida contemporánea. Eslava Galán nos abre despensas y cocinas de tiempos muy diferentes. Unos marcados por la abundancia y, mayormente otros, en los que imperó la escasez, al tiempo que nos ofrece una lección de historia en la línea de la mencionada vida cotidiana. Nos habla del garum de los romanos que se elaboraba con tripas de pescado y otros aditamentos en localidades costeras andaluzas como Cádiz -la Gades de la época- o Almuñécar, llamada por aquel entonces Sexi. Nos cuenta sabrosas historias, de profundas raíces quevedescas, ligadas a la España de los Austrias, como podían ser los populares pasteles rellenos de carne…de ahorcado, según denunciaba aquel ingenio del portentoso Siglo de Oro, donde se pasaba más hambre de la que podría pensarse en medio de las glorias imperiales del momento. Hambre reflejada en una literatura satírica con los hidalgos de medio pelo que amén de compartir capa, por lo que se veían obligados a ser paseantes matutinos o vespertinos, salían a la calle con un mondadientes entre los labios, como signo de haber ingerido una comida que sus magros ingresos apenas si le permitían catar.

También del hambre de las clases populares que se amotinaban cuando la escasez de trigo y su carestía impedía comprar pan. Eran los conocidos como motines del hambre. Nos sitúa en las largas colas para recibir la sopa conventual, también conocida como boba, o en el apasionante mundo de las especias, su extraordinario valor en otras épocas y los arriesgados viajes para conseguirlas. Dedica su atención al chocolate -un capítulo se denomina «El chocolate del capellán»- y la función social que había alrededor de la ingesta de tan deliciosa bebida que, a diferencia de Francia, en España se servía espeso.

Particular interés ofrecen los capítulos de la postguerra, en los años centrales del siglo XX, cuando la escasez y el hambre fueron compañeros de viaje de una gran parte de los españoles. Un tiempo en que se aguzó el ingenio, algo siempre ligado al hambre, en que se llegó a hacer tortilla de patatas, sin huevos y sin patatas. En definitiva, un libro delicioso para recorrer una parte importante de nuestro pasado a través de algunas comilonas y muchas hambrunas.

(Publicada en ABC Córdoba el 4 de julio de 2018 en esta dirección)

 

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