Los viajes de estudios surgieron, una vez que se superaron las penurias materiales que acompañaron durante años a los españoles, una vez terminada la Guerra Civil. En cierto modo, se imitaba el llamado ‘paso del ecuador’, con que universitarios celebraban tener cursada la mitad de la licenciatura.

Aquellos viajes, que se hacían bien entrados los años cincuentasesenta setenta de la pasada centuria tenían lugar el año en que se estudiaba el último de los cursos de bachillerato que entonces constaba seis cursos con dos reválidas, una al terminar cuarto y que acreditaba como bachiller elemental, y otra al concluir sexto y que, una vez aprobada, permitía obtener el título de bachiller superior. Ese era el año del viaje de estudios y los estudiantes se las ingeniaban para obtener los recursos necesarios. La necesidad obligaba: pequeñas cuotas semanales, rifasquinielas, venta de lotería de navidad con el correspondiente beneficio… Los destinos eran cercanos, capitales de provincia de la región o a lo sumo ir a Madrid, algo que suponía todo un acontecimiento. Los viajes eran, en aquella época, algo extraordinario y no eran pocos quienes veían el mar por primera vez, si la ocasión ofrecía la posibilidad.

En ellos, más allá de lo que suponía no estar sometido a los controles familiares —mucho más rigurosos y estrictos que en nuestro tiempo—, el factor cultural y formativo tenía mucha relevancia. Las visitas a monumentos emblemáticos y museos o fábricas relevantes para conocer procesos de producción formaban parte del viaje. Incluso, una vez concluido, se pedía un ejercicio de redacción relativo a las impresiones y vivencias.

Pasados los años, con la llegada de la Educación General Básica, que trajo la reforma educativa del ministro Villar Palasí, los viajes de estudios llegaron también a ese nivel educativo. A su finalización se hacía un viaje de estudios. Luego otro más al finalizar el acortado bachillerato. También cambió el concepto de viaje de estudios y con el paso de los años su destino fue la playa —las islas Canarias o las Baleares—. Poco a poco, se limitaron las visitas a monumentos y museos hasta desaparecer. Lo de estudios sólo era un nombre, una coartada para disfrutar de unos días de playa, cuando no de un desenfreno permanente.

Estos días hay lamentos por que este año esos viajes, llamarlos de estudios es un eufemismo, se han convertido en un problema serio como consecuencia de los contagios —muchos alumnos cordobeses lo han sufrido con aislamientos y retornos controlados— y ahora vienen las quejas y a buscar responsabilidades, pero nunca asumir las propias. Es uno de los signos de nuestro tiempo. Hay viajes que no deberían hacerse, al menos al amparo de un centro educativo, porque han perdido su sentido, y menos aún en determinadas condiciones como las que ahora vivimos.

(Publicada en ABC Córdoba el 3 de julio de 2021 en esta dirección)

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