Pablo Iglesias, el líder de Podemos, está viviendo, de un tiempo a esta parte, lo que se denomina horas bajas. No sólo por los problemas internos que tiene en su formación, dada su tendencia a imponer su voluntad y planteamientos, incluso por encima de los órganos de su propio partido, sino porque los últimos acontecimientos pintan bastos. Su largo silencio tras los malos resultados de los llamados “comunes”, la marca podemita en Cataluña, en las elecciones del pasado 21 de diciembre, fue explicado por alguno de sus conmilitones porque estábamos en Navidad. Pobre excusa solo explicable por no encontrar mejor argumento para su desaparición mediática. Tampoco hizo acto de presencia para valorar las últimas encuestas -saben aquellos que siguen esta columna la poca credibilidad que me ofrecen- que apuntan a una caída continuada y pronunciada de la intención de voto que le pronostican a Podemos.

Tras ese largo silencio su presencia en los medios de comunicación ha centrado su discurso en dos direcciones principales: la corrupción del Partido Popular -algo verdaderamente clamoroso- y sus ataques a la monarquía como forma de organización del Estado y en particular a quien la encarna, el rey Felipe VI. Todo apunta a que estos últimos ataques son el recambio al habérsele gastado discurso de la mala situación del país que resultaba cada vez más insostenible. Los datos que se acumulan un mes tras otro señalan lo contrario. En sus ataques contra la monarquía llega a desbarrar refiriéndose el costo de cincuenta mil euros de un Toisón con motivo de su imposición a la princesa de Asturias. Ignorancia histórica -no es ni mucho menos la primera vez que Iglesias resbala en ese terreno- o mala fe, caso de saber que quienes reciben los toisones, en número máximo de sesenta, según las reglas de la Orden, han de devolverlo al fallecer y son los que se utilizan para las nuevas imposiciones. El de la Princesa de Asturias es el que perteneció a su bisabuelo, don Juan de Borbón, conde de Barcelona.

Pero los silencios de Iglesias también resultan significativos ante las verdaderas fechorías políticas que Nicolás Maduro comete en Venezuela donde hay presos políticos, se urden procesos electorales amañados, la policía bolivariana reprime con violencia inusitada las manifestaciones de los opositores al régimen chavista. Silencio ante las largas colas que han de soportar los venezolanos para proveerse de productos básicos. Silencio ante los asesinatos políticos. También resultan ominosos sus silencios ante lo que ocurre en el Irán de los ayatolás. Silencio ante las multitudinarias manifestaciones de protesta por la falta de libertades. Silencio ante la represión gubernamental. Silencio ante las detenciones de decenas de mujeres que, haciendo gala de un valor extraordinario, se manifiestan con el velo en la mano en los lugares más transitados de Teherán y otras ciudades iraníes, pidiendo que se les libre de tener que usarlo obligatoriamente.

Esos silencios del líder podemita se prolongan en el tiempo, van mucho más allá de los que circunstancialmente le han impuesto los malos resultados electorales, las pésimas perspectivas y la contestación interna en su propio partido. Se trata de silencios cómplices con dos regímenes donde las libertades brillan por su ausencia. Nos preguntamos si será una consecuencia de los recursos que Pablo Iglesias recibe a través de programas de televisión y asesoramientos varios relacionados con los gobiernos venezolano e iraní. Si la respuesta es afirmativa son silencios ominosos y preocupantes.

Juzgue el lector.

(Publicada en ABC Córdoba el 10 de febrero de 2017 en esta dirección)

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